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Día 27 Coronavirus


Nuestro contacto con el mundo ahora tiene forma de ventana. Tengo la suerte de estar rodeado de personas balsámica. Personas que cuando hablan contigo te miran a los ojos y además lo hacen con una sonrisa. Tengo vecinos que conozco desde hace tiempo y otros que he conocido estas semanas de cuarentena. Desde mi ventana aprecio olores increíbles a la hora de la cena. Ese ajo que tanto me gusta y esos aromas porteños que me hacen salivar de una forma irracional. Afortunadamente hemos cambiado el estresante sonido de los coches por la sutileza del acordeón y la alegría que emanan los altavoces del vecino del portal contiguo. Ahora los psicólogos lo llaman ser RESILIENTE, y como ellos saben mucho de esas cosas, solo nos queda escucharles y seguir sus consejos

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana