Mi ventana se ha convertido en un hide que dicen los modernos. Yo lo llamaría un observatorio de aves. Decenas de gaviotas, palomas, pegas, gorriones y hasta un precioso petirrojo vienen a visitarme casi a diario. La primavera avanza de forma inexorable, los árboles empiezan a florecer, y las gaviotas se aparean de forma salvaje. La farola que ilumina la avenida es un posadero magnífico y sin falta de cebarlo, me brinda ese gran momento, al que asisto en silencio y con admiración. La naturaleza es muy sabia y en este momento creo que deberíamos seguir su ejemplo. ¡Menos hablar y más laborar!

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