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Día 38 Coronavirus

Mi ventana se ha convertido en un hide que dicen los modernos. Yo lo llamaría un observatorio de aves. Decenas de gaviotas, palomas, pegas, gorriones y hasta un precioso petirrojo vienen a visitarme casi a diario. La primavera avanza de forma inexorable, los árboles empiezan a florecer, y las gaviotas se aparean de forma salvaje. La farola que ilumina la avenida es un posadero magnífico y sin falta de cebarlo, me brinda ese gran momento, al que asisto en silencio y con admiración. La naturaleza es muy sabia y en este momento creo que deberíamos seguir su ejemplo. ¡Menos hablar y más laborar! 

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana