Una parada ocasional me ha resuelto más de lo que esperaba Hay momentos en los que el cuerpo te obliga a parar. No avisa, no negocia; simplemente te frena. En mi caso fueron 52 días sin coger la bicicleta. Un golpe, una costilla rota y tres fisuras me obligaron a bajar el ritmo de golpe y a aceptar algo que a muchos nos cuesta más de lo que queremos reconocer: parar. No han sido días fáciles. Cuando estás acostumbrado a salir, a rodar, a sentir esa libertad que te da la bici, el parón pesa. Se hace largo. Incluso desespera a ratos. Pero con el paso de los días empiezas a darte cuenta de algo curioso: el tiempo sigue estando lleno de cosas buenas, aunque cambies la manera de vivirlo. He paseado más, y lo he hecho sin prisa. He hecho planes sencillos, de esos que normalmente dejas para “otro día”. He estado más presente en lo cotidiano, en detalles que antes pasaban desapercibidos. Son cosas pequeñas, sí, pero también llenan. Y en ese ritmo más lento descubres otra forma de disfrut...
Como único objetivo, dejar testimonio de lo que suena a nuestro alrededor