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Día 22 Coronavirus


El sonido de las gaviotas invade la avenida cuando el día se despierta. Se han hecho las dueñas de mi barrio. Corretean y se pelean por los restos de comida desperdigados alrededor de los contenedores. Pero desde mi ventana observo una cierta irritación entre los transeúntes. Roces en la cola del súper, reproches desde las ventanas a los transeúntes insolidarios e incluso una discusión entre dos transeúntes que se rozaron al pasar. Tres semanas más para volar, tres semanas que se nos harán largas y en las que deberíamos esforzarnos en sacar lo mejor de nuestro interior. 

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana