La Mari y Pepe A escasos kilómetros de mi ciudad todavía existen lugares donde el tiempo parece haberse quedado quieto. Lugares que no salen en campañas de turismo ni en vídeos rápidos de redes sociales. Sitios donde las puertas aún se abren antes de llamar y donde la conversación sigue teniendo más valor que la prisa.Allí, en uno de esos pequeños pueblos que forman parte de esa España vaciada de la que tanto se habla y tan poco se comprende de verdad, viven Mari y Pepe. Todos los años, cuando hacemos el camino hacia Covadonga, hay una parada que nunca negociamos: su casa. Porque más que una parada, es un regreso. Un pequeño ritual que ya forma parte inseparable de la ruta. Ellos están ahí. Siempre.Esperándonos.Y eso, en los tiempos que corren, tiene muchísimo valor. Mari te abre la puerta con esa naturalidad de quien entiende la hospitalidad no como un gesto extraordinario, sino como una forma de vivir. Su casa huele a pueblo de verdad. A comida hecha sin relojes. A huerta cuidada con...
Como único objetivo, dejar testimonio de lo que suena a nuestro alrededor