Nuestro contacto con el mundo ahora tiene forma de ventana. Tengo la suerte de estar rodeado de personas balsámica. Personas que cuando hablan contigo te miran a los ojos y además lo hacen con una sonrisa. Tengo vecinos que conozco desde hace tiempo y otros que he conocido estas semanas de cuarentena. Desde mi ventana aprecio olores increíbles a la hora de la cena. Ese ajo que tanto me gusta y esos aromas porteños que me hacen salivar de una forma irracional. Afortunadamente hemos cambiado el estresante sonido de los coches por la sutileza del acordeón y la alegría que emanan los altavoces del vecino del portal contiguo. Ahora los psicólogos lo llaman ser RESILIENTE, y como ellos saben mucho de esas cosas, solo nos queda escucharles y seguir sus consejos
Amanecer y atardecer de un 4 de mayo. Esta es la última pagina del diario de la cuarentena. El aire nos da en la cara mientras nos desplazamos por nuestra cuidad. Disfrutaremos de nuestra reducida cuota de libertad y aprenderemos de lo sufrido, de lo padecido y de lo vivido. La ventana se ha cerrado y el teleobjetivo descansa en la estantería. La tarjeta de memoria está llena y descargaré esos trocitos de vida, poco a poco,en próximas entregas. Ha sido un tiempo difícil, del que hemos aprendido muchas cosas. Este cruce de caminos nos ha enseñado lo mejor de los que por aquí pasaron. Un barrio lleno de inseguridades, cosmopolita, multiracial y muy amable. Se nos han quedado muchas cosas en el tintero pero tenemos buena memoria y el tiempo que nos administran nuestras autoridades, lo utilizaremos para estos menesteres. De momento respiremos el aire limpio que nos ha dejado esta desconcertante pandemia.

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