Lo primero es ser bien recibido. Estas a unos cuantos kilómetros de tu hogar y te sientes como en tu casa. Una sonrisa al bajarte del avión, un abrazo o un apretón de manos y una buena conversación mientras desayunas y planificas la jornada de turisteo
Recorrer el país, visitar lo más típico, lo que todo el mundo debe conocer. Hacerte una idea de por qué la gente de ese lugar es así. Sentir que eres otro de esos sorprendidos por la belleza o la originalidad de las cosas. Llevarte a casa unas instantáneas que identifiquen fácilmente el país.
Inundarte, inmiscuirte y sumergirte en su naturaleza. El campo, sus olores, descubrir los matices que lo hacen diferente, oler sus flores y si tienes suerte ver sus animales. Sentir que el medio es todo menos hostil. Sentarte a escuchar sus sonidos o sentir su calor en la piel.
Pero la huella te la dejaran las personas. Todas las conversaciones, todos los silencios, todos los cansancios y esa cena reparadora en la que analizas lo acontecido, planificas lo que está por venir y dejas ver tu interior. Los tacos mejicanos, los refrescos en el parque, la tortilla de patata, el pescado al horno, la comida griega, las tartas del desayuno y un sencillo té para irte a la cama, esos serán los mejores momentos de nuestra estancia en Holanda. Sin ese intercambio, sin ese cariño, sin esos corazones que se abren no habría dejado tanta huella nuestra estancia en el país de los tulipanes.
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