“La bicicleta porque me lleva “volando” a cualquier lugar. La cámara por que tiene el potencial de convertir “cualquier lugar” en una fotografía. Pero la cosa no es tan simple, la bicicleta es libertad, elegancia en el desplazamiento. La posibilidad certera del movimiento, rotación y translación, el universo se mueve, gira. La bicicleta es silenciosa. Se puede sorprender con la presencia. Se está y se desaparece de la escena en un solo ¡abracadabra!. Se es gato y ave y pez no un centauro cuando el cuerpo se amalgama con los fierros de la bici. Y mientras se va volando a la velocidad conveniente, se puede capturar el vuelo de otras aves. A veces van simplemente añadiendo unos metros más a sus vidas. Los abuelos van fumando y pedaleando al ritmo que les impone el llamado de la pelona, pero van y vienen y dejan la juventud y el humo atrás, van buscando lo que ha de ser, lo que viene en la próxima esquina en el próximo minuto…
A veces llueve y se mojan los cuadernos, la tinta mancha el papel y el agua quita el sudor de la frente mientras el esfuerzo purga los pecados. Si el esfuerzo es diario se obtiene premios. Se tiene derecho a un pecado mortal a la semana o a diez pecados veniales por día.
Y con la cámara la mayoría de las veces la imagen se hace esquiva, la luz cambia radicalmente y el resultado es ilegible. Todo es ilusión, un mundo privado. De vez en cuando la fotografía grita cuestiones para ser leídas a conveniencia. Dentro del retrato los espejos nos hablan. Las velas y su flama de todos los colores evocan el purgatorio y a la vez un presente para los dioses, o para un solo dios. Como se crea conveniente.
Pero hay dos cosas que me gustan especialmente cuando voy en bici. Un buen culo en la barra, y transitar en sentido contrario al ordenado.
Ya no soy comunista ni budista. Soy ciclista. Pulso muchachos y a pedalear para no perder el equilibrio”.
Giovanni Fierro
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