A esa hora en la que pasean las personas buenas, cuando la luz del día baja su intensidad y la luz de las farolas te sorprende al encenderse, yo me encontraba allí. Uno de los rincones más tranquilos de mi ciudad. Ni brisa, ni frió, ni calor. La tarde perfecta para enseñar mis rincones preferidos a un recién llegado. Me encuentro con el gran Gil que pasea por el Cerro todos los domingos. Los mismos metros, la misma dirección y quien sabe que pensamientos. Por desgracia su cabeza no funciona tan bien como su sonrisa.
Un paseo tranquilo que me lleva a ver a Mikel en la pista de skate. El mejor malabarista de la bicicleta que encontramos en la ciudad.Y como siempre pasteleando con alguna chica.Y luego la tranquilidad del mar, las escaleras desiertas y el silencio de una naturaleza salvaje en pleno corazón del barrio alto.
La delicia de poder compartir el lugar y el momento con tu acompañante.Para que hablar si el lugar lo dice todo. Mi cámara se dispara porque estamos en el lugar que queremos y en el menor momento del día. Nos llega el rico olor de alguna sustancia prohibida. Olor que encontraremos por todo el barrio. Y hablado de olores, el del café que nos tomamos en una curiosa plaza inundada de fixed y bicilovers veinte añeros. Bicis apiñadas en las escasas farolas que se encuentran en la plaza del Atocha. Para no perder la costumbre encuentro a una buena compañera, un cielo de mujer que sonríe frente al amigo de siempre.
Luego se rompera esa tranquilidad al cruzar el mitico Escocia y adentrarnos en la cuidad moderna. Comentarios de alabanza del forastero, pero el que escribe ya sabía que ese paseo significaria un flechazo inmediato con nuestro querido Gijón. Seguro que repetiremos paseo.
Comentarios
Publicar un comentario