Era una cita a ciegas. Un lugareño me llevaría durante todo el fin de semana por la sierra del Sueve. Las condiciones eran claras: ¡dejate llevar por el local, el conoce bien la zona!.Y así fue y así resulto. El domingo a ultima hora de la tarde y haciendo recuento de lo que llevaba en mi mochila, me di cuenta que estaba repleta de cosas bonitas. Mi barriga también estaba repleta, la fabada de despedida había sido contundente y deliciosa. Mi cabeza se llevaba un pequeño dolor de cabeza, ¡estoy seguro de que aquella bebida tenia algo! y todo por ganarme una miserable partida. Mi retina se llevaba unas preciosas imagenes: montañas por todas partes, aquellos buitres sobrevolandonos, el ganado a nuestro alrededor y las primeras hojas del otoño. Mi cámara de fotos fue testigo de casi todo. Mi cabeza se marchaba con los sonidos de los cencerros, del viento golpeando les espineres, de los caballos relinchando no se muy bien por que, y de la música country que salía de aquella casa.
Pero lo que más me gustó es el orgullo con que el local me enseñaba sus dominios. Gente orgullosa de su tierra y de su infancia. Varias generaciones con mil historias que contar. El alto de la Llama como eje principal de aquella familia, sus fincas y sus casas que apenas se tienen en pie.Su fuerte personalidad y sus ideas muy claritas y muy bien plantadas. y sus amigos, los de siempre, los de la infancia. Esos que conocen todo tu pasado y que están dispuestos a darlo todo por ti. En definitiva un lujo de personas y una enorme suerte la de poder pertenecer a esa tribu por unos días.
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