En el alto de la Cabruñana tuve la ocasión de compartir un puñado de horas con ellos. Primero me llego el dulce olor a “maría” luego la curiosidad me hizo acercarme a sus bicicletas. Creo que a una de ellas incluso le faltaba algún tornillo y le sobraba mucho peso. Llevaban a cuestas una enorme y pesada tienda de campaña, cacerolas, camping gas y una parafernalia que hacia que se desplazasen con gran dificultad. Su indumentaria era un poco arcaica para lo que estamos acostumbradas. Era simpático pero el más bajito no disponía de casco ya que este se había peleado con sus enormes rastas. Amables y muy alegres. Tranquilos y muy soñadores. Dispuestos y muy respetuosos. Decididos y auto suficientes. Cuando me acostaba les deje ensimismados en sus historias. Diarios personales o comunicaciones vía teléfono. Disfrutaban de un relax bien merecido. La ultima ascensión le había dejado exhaustos. Apenas estaban acostumbrados a andar en bicicleta, lo que si estaban dispuestos era a hacer un montón de kilómetros para llegar a un pueblo perdido del interior de Asturias. Pero con lo que me he quedado es con el grito de alegría que dieron al iniciar su etapa diaria. El sol ya calentaba y estos muchachos mientras daban las primeras pudeladas por una carretera con una pronunciada bajada, gritaban con todas sus fuerzas mientras tenían los brazos abiertos en cruz. Era la alegría que sentimos todos cuando damos la primera pedaladas del día, solamente que ellos lo expresaban a su manera, con la energía y la frescura de sus años
jueves, 6 de septiembre de 2012
En el alto de la Cabruñana
En el alto de la Cabruñana tuve la ocasión de compartir un puñado de horas con ellos. Primero me llego el dulce olor a “maría” luego la curiosidad me hizo acercarme a sus bicicletas. Creo que a una de ellas incluso le faltaba algún tornillo y le sobraba mucho peso. Llevaban a cuestas una enorme y pesada tienda de campaña, cacerolas, camping gas y una parafernalia que hacia que se desplazasen con gran dificultad. Su indumentaria era un poco arcaica para lo que estamos acostumbradas. Era simpático pero el más bajito no disponía de casco ya que este se había peleado con sus enormes rastas. Amables y muy alegres. Tranquilos y muy soñadores. Dispuestos y muy respetuosos. Decididos y auto suficientes. Cuando me acostaba les deje ensimismados en sus historias. Diarios personales o comunicaciones vía teléfono. Disfrutaban de un relax bien merecido. La ultima ascensión le había dejado exhaustos. Apenas estaban acostumbrados a andar en bicicleta, lo que si estaban dispuestos era a hacer un montón de kilómetros para llegar a un pueblo perdido del interior de Asturias. Pero con lo que me he quedado es con el grito de alegría que dieron al iniciar su etapa diaria. El sol ya calentaba y estos muchachos mientras daban las primeras pudeladas por una carretera con una pronunciada bajada, gritaban con todas sus fuerzas mientras tenían los brazos abiertos en cruz. Era la alegría que sentimos todos cuando damos la primera pedaladas del día, solamente que ellos lo expresaban a su manera, con la energía y la frescura de sus años
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