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La noche perfecta

Hacia tiempo que no salía al monte por la noche. Un stop entre semana siempre es bienvenido. A las 19.00h ya es de noche. Salgo de mi trabajo, es miércoles y las luces de la ciudad ya están encendidas. Rápidamente me pongo la equipación adecuada, ya me están esperando a la puerta de casa. Resulta divertido pedalear en la oscuridad. Mi potente foco me lo pone fácil. La noche está impresionante. Hay claridad, no hace frío y no corre ni una gota de aire, es la noche perfecta. La ciudad desde la distancia parece una fiesta. Desde San Martín contemplamos toda la zona centro de Asturias. Oviedo es más luminoso que Gijón.
Son las 21.30h y a esa hora las conversaciones son diferentes. No vemos la cara de nuestros compañeros. La luz de nuestras linternas hace divertidas las bajadas. Yo siempre llevo a mis compañeros por delante y puedo observar la destreza de sus maniobras. Todo resulta armonioso. Sensaciones muy agradables se instalan en mis neuronas. La humedad del río Piles hace que el ultimo tramo de ruta transcurra con otro sabor. El grupo va perdiendo elementos según vamos llegando al casco urbano. Los últimos kilómetros los hacemos acompañados de la suave brisa del mar. Parece que nos conocemos de toda la vida. Mucho buen rollo acompañado de pequeñas anécdotas.
Despierto de mi sueño cuando abro la puerta de mi ascenso y me invade el olor a pescado frito de la vecina. Es la hora de cenar y tendré que pasar el trámite a base de sándwich de jamón York y queso.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana