Ese día el viento era muy fuerte y racheado. Una vez que abandonamos el valle, con las primeras rampas, nuestro nuevo compañero de viaje, empezó a dar la nota. Subiendo su sonido se hizo el protagonista. Unas veces de cara y otras de costado, nos cambiaba la forma de afrontar la subida. Las bajadas eran otra historia. El poco peso de mi flamante Zen y la menuda constitución del que escriben, no facilitaban nada la cosa. Pero esa sensación de poderío y bienestar que te hace sentir el superar todas esas dificultades, no tiene precio. Si a eso le sumas que justo cuando empieza a llover llegas a tu casa, ya tenemos otro bonito día para recordar.
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