En ese momento quedó la senda en un segundo lugar. El calor del medio día y el sudor de todo el día nos invitó a darnos un chapuzón en el río. El lugar estaba marcado con una cruz. Tranquilidad, soledad y profundidad fue lo que encontramos allí. Nos sobraba la ropa. El agua dulce nos saludaba con unas gotas de insolencia. Rápidamente nos sedujo aquel instante. Deslizarse por la poza nos hizo sentirnos felices. Pisar aquellas piedras lisas era algo sorprendente. Piedras lisas que te acariciaban y piedras rugosas que te picoteaban. Zonas profundas que casi te cubrían completamente y otras que dejaban al descubierto nuestras vergüenzas.
El aire calido de la tarde secaba nuestra piel al instante. Era obligado sentarse sobre las calidas piedras a charlar sobre lo divino y lo humano. En ocasiones nos interrumpían la conversación pececillos saltarines y alguna que otra libélula despistada.
Amanecer y atardecer de un 4 de mayo. Esta es la última pagina del diario de la cuarentena. El aire nos da en la cara mientras nos desplazamos por nuestra cuidad. Disfrutaremos de nuestra reducida cuota de libertad y aprenderemos de lo sufrido, de lo padecido y de lo vivido. La ventana se ha cerrado y el teleobjetivo descansa en la estantería. La tarjeta de memoria está llena y descargaré esos trocitos de vida, poco a poco,en próximas entregas. Ha sido un tiempo difícil, del que hemos aprendido muchas cosas. Este cruce de caminos nos ha enseñado lo mejor de los que por aquí pasaron. Un barrio lleno de inseguridades, cosmopolita, multiracial y muy amable. Se nos han quedado muchas cosas en el tintero pero tenemos buena memoria y el tiempo que nos administran nuestras autoridades, lo utilizaremos para estos menesteres. De momento respiremos el aire limpio que nos ha dejado esta desconcertante pandemia.
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