viernes, 8 de junio de 2012

a media tarde


Pasear por sus calles es hacer un viaje a tiempos mejores. Cualquier rincón de aquel pueblo recuerda tiempos pasados mejores. Otra época el la que el pueblo crecía gracias a la afluencia de veraneantes y a una economía saneada basada en la agricultura y la ganadería. A esas horas de la tarde nos cruzamos con muy pocos lugareños. Las calles vacías y la ausencia de ruidos hacían del paseo algo muy tranquilo. El fuerte sol reflejaba figuras en las paredes de las viejas casas. Entramos en un café de los de toda la vida. Las abuelas jugaban al parchis mientras el dueño del local navegaba por Internet sentado en un enorme y desproporcionado sofá. Mientras mi anfitrión me contaba historias de la localidad y de sus aventuras juveniles apurábamos nuestra consumición. La tarde se fue echando y nuestras piernas necesitaban darse un buen calentón para llegar a nuestra casa con la luz de la tarde. Una sinuosa carretera, con continuas subidas y bajadas nos ponía a prueba. Los poco educados automovilistas nos daban las luces y nos pitaban sin cesar. El encanto del lugar se veía roto nada más coger la carretera nacional, pero ya nadie me podía quitar las imágenes que me había llevado en mi querida Lumix.

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