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Trenes que no van a ninguna parte.

La música de la estación de Bolhao me llevó a coger un metro con un destino muy incierto. Matoshiños sur me parecía un lugar para visitar. Las luces de la noche se echaban sobre la ciudad y un extraño metro que hacia como el Guadiana me dejaba ver como la luz iba perdiendo fuerza. ¿Quién no ha cogido alguna vez un tren a ninguna parte? El clima de aquel vagón tenía algo especia, semi vacío, cálido y bien iluminado. Mi asiento estaba situado muy cerca de la puerta. La anciana se sentó a mi lado. En ocasiones el lenguaje no es lo más importante, le costó muy poco empezar a contarme su vida. Poco tiempo después me cogió cálidamente de la mano y me habló de sus dos grandes amores. En una pequeña bolsa llevaba algo que llamo FRANCESIÑA, o algo así. Iba en busca de su compañero de fatigas, me contó una larga historia difícil de entender pero en apariencia llena de un amor apasionado. Bajamos en la misma estación y mi sorpresa fue mayúscula al darme cuenta de que aquello era tierra de nadie. La anciana muy amable me ofreció todo lo que llevaba encima y lo cierto es que mi osadía me llevó a adentrarme en la vida de aquella buena mujer.
Sonaba la música que te posteo en su increíble morada y todo lo que aquella buena mujer me pudo decir con su lenguaje sencillo, me ha servido para conocerme un poco más y para hacerme un poco mejor. Y aún me dejo en el tintero un montón de historias que aquel metro, tren o como lo llamén, ha dejado en mi memoria.

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