Te encuentras un mirador improvisado. Jóvenes sentados charlando en uno de los mejores lugares de la ciudad. A esa hora la cálida luz del atardecer inunda nuestros corazones, una luz que redondea nuestros sentimientos. Estamos en el mismo lugar, la luz incide en nuestras retinas con el mismo ángulo, es el mismo instante pero cada uno de los que allí respiramos. Una pareja se besa, un grupo de adolescentes fuma, otros miran el horizonte y nosotros nos acercamos. Detenemos nuestras bicicletas y compartimos un instante con los allí presentes. Nuestra historia va por otro lado, somos forasteros con ganas de sentir las pulsaciones de los locales, de quedarnos con las mejores imagenes del lugar. Mirar, escuchar los sonidos y degustar sus alimentos es lo único que podemos hacer para acercarnos un poco más a los que allí viven...
Amanecer y atardecer de un 4 de mayo. Esta es la última pagina del diario de la cuarentena. El aire nos da en la cara mientras nos desplazamos por nuestra cuidad. Disfrutaremos de nuestra reducida cuota de libertad y aprenderemos de lo sufrido, de lo padecido y de lo vivido. La ventana se ha cerrado y el teleobjetivo descansa en la estantería. La tarjeta de memoria está llena y descargaré esos trocitos de vida, poco a poco,en próximas entregas. Ha sido un tiempo difícil, del que hemos aprendido muchas cosas. Este cruce de caminos nos ha enseñado lo mejor de los que por aquí pasaron. Un barrio lleno de inseguridades, cosmopolita, multiracial y muy amable. Se nos han quedado muchas cosas en el tintero pero tenemos buena memoria y el tiempo que nos administran nuestras autoridades, lo utilizaremos para estos menesteres. De momento respiremos el aire limpio que nos ha dejado esta desconcertante pandemia.
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