Te encuentras un mirador improvisado. Jóvenes sentados charlando en uno de los mejores lugares de la ciudad. A esa hora la cálida luz del atardecer inunda nuestros corazones, una luz que redondea nuestros sentimientos. Estamos en el mismo lugar, la luz incide en nuestras retinas con el mismo ángulo, es el mismo instante pero cada uno de los que allí respiramos. Una pareja se besa, un grupo de adolescentes fuma, otros miran el horizonte y nosotros nos acercamos. Detenemos nuestras bicicletas y compartimos un instante con los allí presentes. Nuestra historia va por otro lado, somos forasteros con ganas de sentir las pulsaciones de los locales, de quedarnos con las mejores imagenes del lugar. Mirar, escuchar los sonidos y degustar sus alimentos es lo único que podemos hacer para acercarnos un poco más a los que allí viven...
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