Entrar en aquel mercado fue toda una lección de como vive la gente de Lusitania. Gente mayor que viene a la ciudad a vender los productos de la tierra. Gente mayor sobrada de tiempo que vive en la ciudad y que se pasea por el mercado, buscando los mejores productos. Conversaciones tranquilas y con un tono de voz muy relajado. Turistas que todo lo congelan con sus potentes objetivos. Alimentos que son únicos en aquellos confines. Especias desconocidas para el viajero, que impregnan de olores los alrededores. Una luz diferente en cada momento del día.
Todo esto y algo más que no alcanzo a comprender, hacen que una y otra vez me haya paseado por el mercado del Bolhao con mi cámara en la mano para tratar de inmortalizar todo aquello, un deseo demasiado pretensioso para un aficionado a la fotografía, por más que mi querida Lumix trabaje como una campeona.
La Lumix se puso las botas.
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