Cero grados. Ni frío ni calor.
Aunque todavía no nos pagan por hacerlo, nos animamos a recorrer los alrededores de nuestra ciudad en bicicleta. Un gran acierto ir la mar de abrigados. A pesar de todo, ¡Dios, como me dolían los dedos! Tampoco estuvo mal la idea de circular por senderos con poco barro pero con bastante inclinación (menudo rompe piernas). Una vez superados estos pequeños inconvenientes todos mejoramos nuestro humor. Al final todo me sonaba a música. Las tranquilas confidencias de mis compañeros. El crujir de mí cubierta al rozar la hierva congelada. Las quejas del que siempre pone pegas a la ruta. Los improperios de mi amigo cuando su cubierta perdía todo el aire y nosotros perdíamos el adaptador de válvula de nuestra bomba. Ver como mis amigos se olvidad de que el mundo existe cuando ven una potente bajada. Observar la trazada que elige mi antecesor y seguirla cuando ves que no se “ahoga” en el charco O el mismísimo sonido de los móviles cuando la ruta se está alargando más de lo previsto.
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