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Entre Limones Chris Stewat

En el cauce del río a las siete de la mañana de un día de invierno hace frío. Sin ningún otro sitio adonde ir todo el aire helado de las montañas se acumula en el fondo del valle y hace que las extremidades de cualquier viajero que se aventure por allí se queden insensibles y congeladas . Pero durante unos breves momentos sobreviene también un espectáculo de gran belleza: cuando los primeros rayos del sol matutino rozan los altos acantilados de la Contraviesa, estos se vuelven de color rosa dorado, y una luz suave inunda las curvas y pliegues de las colinas de mas abajo. De algún modo esto te libera la mente de las preocupaciones que posiblemente estés sintiendo por los primeros síntomas de la congelación.
Cuando legamos a El Granadillo, el sol aún se encontraba muy por debajo de los tajos del desfiladero, pero ya habían sido encendidas unas hogueras y unas espirales de humo de leña se elevaban por la fría atmosfera. El silencio de la mañana quedaba roto por el ruido de las conversaciones de los hombres perorando sobre hortalizas y aventuras cinegéticas y de las mujeres hablando sin parar de gallinas y de niños.
Subimos al patio en donde todos se levantaron para estrecharnos la mano muy ceremoniosamente hasta que manolo poniendo un deliberado cuidado en silabear al igual que la vez anterior, nos condujo hasta dos sillas de respaldo recto en una habitación. Una lumbre de astillas humeaba silenciosamente en un rincón. Los hombres estaban fortaleciéndose con anís, coñac, y pasteles una comida difícil de ingerir a una hora tan temprana, pero al parecer para matar a un cerdo es necesaria una buena dosis de alcohol circulando por las venas.
Ana en su calidad de extranjera fue exonerada de las penosas tareas que correspondían a las mujeres- el fregado de los platos y la preparación y servido de los bocados exquisitos- y admitida entre al augusta compañía de los hombres y de su conversación sobre cerdos y otros animales que habían matado. No pudo contribuir mucho a la conversación puesto que nunca había matado un cerdo y su opinión sobre la caza no habría sido muy bien acogida. Así pues ahogo un par de bostezos mientras yo sujetaba en la mano mi segundo anís y lidiaba con esa sensación vertiginosa que se apodera de ti cuando quieres participar en la conversación pero eres consciente de que no tienes nada que decir…..

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¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana