A primera hora de la mañana son un ejército. Inconfundibles por su aspecto, chicas/señoras cargadas con sus súper mochilas al hombro y perfectamente uniformadas. A las 6 de la mañana y corriendo de portal en portal para acabar su dura jornada. Me cuentan que están destrozadas, ahora tienen más trabajo. Desinfectan con una disolución de lejía y agua oficinas, organismos públicos, residencias etc. Su trabajo se ha convertido en importante, yo diría que imprescindible, estos asombrosos días . Pero todo sigue igual. Sus sueldos dan risa, sus condiciones laborales también y el trato que les damos aún peor. ¿Las saludamos en alguna ocasión cuando las vemos en el portal? ¿Sabemos su nombre? ¿Las miramos a los ojos cuando nos cruzamos por las mañanas? Pues ahora, en gran medida, ellas tienen la solución. Hoy mi aplauso de las 8 va por ellas y mucho me temo que no servirá para que les suban el sueldo.
Amanecer y atardecer de un 4 de mayo. Esta es la última pagina del diario de la cuarentena. El aire nos da en la cara mientras nos desplazamos por nuestra cuidad. Disfrutaremos de nuestra reducida cuota de libertad y aprenderemos de lo sufrido, de lo padecido y de lo vivido. La ventana se ha cerrado y el teleobjetivo descansa en la estantería. La tarjeta de memoria está llena y descargaré esos trocitos de vida, poco a poco,en próximas entregas. Ha sido un tiempo difícil, del que hemos aprendido muchas cosas. Este cruce de caminos nos ha enseñado lo mejor de los que por aquí pasaron. Un barrio lleno de inseguridades, cosmopolita, multiracial y muy amable. Se nos han quedado muchas cosas en el tintero pero tenemos buena memoria y el tiempo que nos administran nuestras autoridades, lo utilizaremos para estos menesteres. De momento respiremos el aire limpio que nos ha dejado esta desconcertante pandemia.

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