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El cocinero de la Molina.

Aquel había sido un día agotador. A las Tres de la mañana en pie y de ruta hasta las 23 horas. Llegué a la Molina exhausto. El albergue completamente lleno y nosotros en medio de los Pirineos. Salió el y en un segundo estábamos delante de una crema de calabacín y un millón de salchichas, todas para nosotros. Luego vendría una gloriosa ducha y al final pudimos dormir en el almacén, acompañados de skyes, bicicletas y todo tipo de enseres de almacén.
Meses después quise agadecerle su amabilidad y le mande una carta con una foto como la que ves y unas palabras emotivas. Lo cierto es que nunca tuve respuesta y en más que probable que él no haya recibido mi misiva 
De todas maneras creo que por mucho que escriba no podré hacerle llegar todo lo que se me pasó por la cabeza aquella noche. Que te traten como a un amigo, que se muestren cercanos, que te habrán la puerta de su casa y que te den de comer, cuando estas jodido, NO TIENE PRECIO.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana