Nos preguntábamos si merecería la pena hacer cuatro horas de viaje, para pasar el fin de semana en los alrededores de La Peña de Francia y La Alberca. Nuestro centro de operaciones sería un bonito pueblo llamado San Martin del Castañar. Al final nos dimos cuenta que comer y andar en bicicleta son perfectamente compatibles y que gracias a nuestras bicicletas no tenemos un sobrepeso alarmante.
Todo tenía un aroma diferente. La gastronomía, la arquitectura, la compañía, los olores, los colores y los caminos. Senderos en los que nuestras bicicletas se comportaban como verdaderas campeonas. Piedras, muchas piedras que nos complicaban la ascensión a la Peña de Francia y nos obligaban a sacar lo mejor de nosotros mismos para no besar el suelo en cada giro.
Al final nos quedan un puñado de imágenes, una docena de conversaciones y unos bonitos sueños compartidos en la calma de un pueblecito de Salamanca.
Todo tenía un aroma diferente. La gastronomía, la arquitectura, la compañía, los olores, los colores y los caminos. Senderos en los que nuestras bicicletas se comportaban como verdaderas campeonas. Piedras, muchas piedras que nos complicaban la ascensión a la Peña de Francia y nos obligaban a sacar lo mejor de nosotros mismos para no besar el suelo en cada giro.
Al final nos quedan un puñado de imágenes, una docena de conversaciones y unos bonitos sueños compartidos en la calma de un pueblecito de Salamanca.
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