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Nos preguntábamos si merecería la pena hacer cuatro horas de viaje, para pasar el fin de semana en los alrededores de La Peña de Francia y La Alberca. Nuestro centro de operaciones sería un bonito pueblo llamado San Martin del Castañar. Al final nos dimos cuenta que comer y andar en bicicleta son perfectamente compatibles y que gracias a nuestras bicicletas no tenemos un sobrepeso alarmante.
Todo tenía un aroma diferente. La gastronomía, la arquitectura, la compañía, los olores, los colores y los caminos. Senderos en los que nuestras bicicletas se comportaban como verdaderas campeonas. Piedras, muchas piedras que nos complicaban la ascensión a la Peña de Francia y nos obligaban a sacar lo mejor de nosotros mismos para no besar el suelo en cada giro.
Al final nos quedan un puñado de imágenes, una docena de conversaciones y unos bonitos sueños compartidos en la calma de un pueblecito de Salamanca.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana