Lo del sábado pasado fue un apurón en toda regla. Estaba haciendo una ruta por senderos poco transitados y en el que la única vida animada que había eran pequeños insectos y vacas del país. De repente tuve que detenerme y buscar un lugar resguardado. Mis tripas se estaban moviendo, mi cuerpo pedía guerra y tras unos primeros momentos de “rubor” salí pitando hacia el fondo del camino. Las ortigas se presentaban como un serio problema pero a medida que avanzaba vi un pequeño claro que sabía que me permitiría relajarme con tranquilidad. Un segundo después y a la velocidad del rayo ya había cumplido mi objetivo. Como suele ser inevitable en estos casos, un ciclista “perdido” pudo contemplar la escena sin apenas darse cuenta de lo que pasaba.
Una vez solucionado el problema vuelves al camino con la sensación del deber cumplido y con la certeza de que la salida volverá a cumplir tus expectativas.
Amanecer y atardecer de un 4 de mayo. Esta es la última pagina del diario de la cuarentena. El aire nos da en la cara mientras nos desplazamos por nuestra cuidad. Disfrutaremos de nuestra reducida cuota de libertad y aprenderemos de lo sufrido, de lo padecido y de lo vivido. La ventana se ha cerrado y el teleobjetivo descansa en la estantería. La tarjeta de memoria está llena y descargaré esos trocitos de vida, poco a poco,en próximas entregas. Ha sido un tiempo difícil, del que hemos aprendido muchas cosas. Este cruce de caminos nos ha enseñado lo mejor de los que por aquí pasaron. Un barrio lleno de inseguridades, cosmopolita, multiracial y muy amable. Se nos han quedado muchas cosas en el tintero pero tenemos buena memoria y el tiempo que nos administran nuestras autoridades, lo utilizaremos para estos menesteres. De momento respiremos el aire limpio que nos ha dejado esta desconcertante pandemia.
La naturaleza es muy sabia por eso hay que hacerle caso y dejar que siga su rumbo...
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