Este video me ha recordado, aquellos lejanos días, en los que al atardecer cogía la lechera y me iba a la casa de Angel a por la dosis diaria del liquido elemento. También recuerdo las fantásticas mantequillas que hacia mi abuela con aquella leche y la hora de la cena. Era toda una fiesta, huevos de aldea y el espectacular pisto que nos servía la resignada Marina, a todos mis hermanos( si no recuerdo mal somos 9). Todo natural, todo de la huerta que con tanta dedicacion atendían mis abuelos. Aquellos olores y aquellos sabores todavía los encuentro en las aldeas y los rincones de los pueblos por donde paso.
Pedales con Memoria: cuando la montaña te devuelve lo que eres Hay rutas que se vuelven especiales. No por los kilómetros ni por el desnivel, sino por lo que te remueven por dentro. Esta nació de algo muy simple: las ganas de volver. Volver a aquella salida a la que Israel creador de Cabañas y Estacas ( ruta de bikepacking por Cantabria) nos invitó en 2024 y que, sin exagerar, nos dejó huella. De esas que no se borran ni aunque pase el tiempo, ni aunque las piernas ya no respondan como antes. Hace un par de meses lancé el anzuelo a unos cuantos amigos. De los de siempre. De los que ya no necesitan presentación. Gente con muchas batallas en las piernas… y aún más historias en la cabeza. Al final nos juntamos diez bocilovers, cada uno de su padre y de su madre, pero con algo muy claro en común: pasión por la montaña y por exprimir la vida desde el sillín todo lo posible… y un poco más, si se tercia. El parque móvil era para echarle un rato: dobles de BTT de última generación...
¡Cuántos recuerdos me trae eso que comentas! Antes Mareo era una verdadera aldea y todo eso existía en cada huerta de cada casa. Y la mantequilla, grande y decorada por encima con la punta de la cuchara de madera. Y el arroz con leche, con el azúcar requemado con el "gancho" de la cocina de carbón (de eso tú no te acordarás). Besos!
ResponderEliminarQue razón tienes. En la epoca cuando me tiraba el día entre los corrales y las cuadras de los vecinos de mis abuela, los pantalones cortos hacían que a mis rodillas nunca les faltaran unas postillas, vestigio de alguna aventura acabada de bruces. Todos los sentidos interactuaban los unos con los otros y cuando a lo lejos, oía el motor eléctrico de la ordeñadora de mi abuela al anochecer, sabía que había agotado un día mas de vacaciones ya ya faltaba menos para el regreso a la ciudad. Toda preocupación se esfumaba al tomar un gran vaso de leche recién ordeñada y en vaso de sidra que reconfortaba mi corazón de niño.
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