Este video me ha recordado, aquellos lejanos días, en los que al atardecer cogía la lechera y me iba a la casa de Angel a por la dosis diaria del liquido elemento. También recuerdo las fantásticas mantequillas que hacia mi abuela con aquella leche y la hora de la cena. Era toda una fiesta, huevos de aldea y el espectacular pisto que nos servía la resignada Marina, a todos mis hermanos( si no recuerdo mal somos 9). Todo natural, todo de la huerta que con tanta dedicacion atendían mis abuelos. Aquellos olores y aquellos sabores todavía los encuentro en las aldeas y los rincones de los pueblos por donde paso.
Amanecer y atardecer de un 4 de mayo. Esta es la última pagina del diario de la cuarentena. El aire nos da en la cara mientras nos desplazamos por nuestra cuidad. Disfrutaremos de nuestra reducida cuota de libertad y aprenderemos de lo sufrido, de lo padecido y de lo vivido. La ventana se ha cerrado y el teleobjetivo descansa en la estantería. La tarjeta de memoria está llena y descargaré esos trocitos de vida, poco a poco,en próximas entregas. Ha sido un tiempo difícil, del que hemos aprendido muchas cosas. Este cruce de caminos nos ha enseñado lo mejor de los que por aquí pasaron. Un barrio lleno de inseguridades, cosmopolita, multiracial y muy amable. Se nos han quedado muchas cosas en el tintero pero tenemos buena memoria y el tiempo que nos administran nuestras autoridades, lo utilizaremos para estos menesteres. De momento respiremos el aire limpio que nos ha dejado esta desconcertante pandemia.
¡Cuántos recuerdos me trae eso que comentas! Antes Mareo era una verdadera aldea y todo eso existía en cada huerta de cada casa. Y la mantequilla, grande y decorada por encima con la punta de la cuchara de madera. Y el arroz con leche, con el azúcar requemado con el "gancho" de la cocina de carbón (de eso tú no te acordarás). Besos!
ResponderEliminarQue razón tienes. En la epoca cuando me tiraba el día entre los corrales y las cuadras de los vecinos de mis abuela, los pantalones cortos hacían que a mis rodillas nunca les faltaran unas postillas, vestigio de alguna aventura acabada de bruces. Todos los sentidos interactuaban los unos con los otros y cuando a lo lejos, oía el motor eléctrico de la ordeñadora de mi abuela al anochecer, sabía que había agotado un día mas de vacaciones ya ya faltaba menos para el regreso a la ciudad. Toda preocupación se esfumaba al tomar un gran vaso de leche recién ordeñada y en vaso de sidra que reconfortaba mi corazón de niño.
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