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Se cuenta...

Se cuenta que cuando el mundo era todavía muy joven, el rey supremo de todas las criaturas que volaban ordeno a dos de sus súbditos la avispa y la golondrina que bajaran y probaran la carne de todas las criaturas vivientes que en ese tiempo poblaban la tierra. Tanto la golondrina como la avispa tenían que volver al atardecer para informarle al rey supremo y decirle cual era la carne más sabrosa y más adecuada para la dieta de un rey. Al volar sobre los campos y en un hermoso día, la golondrina se perdió en la alegría de esas hermosas vistas, en ese hermoso cielo y en cómo se veía todo bajo el sol, siempre cantando y disfrutando el buen clima. Mientras que por el otro lado, la avispa diligente hizo lo que se le había encargado, y en todo el día se pasó picando y picando a todas las criaturas con quienes se cruzaba probando que carne y sangre eran las mejores. Al terminar el día se toparon las dos criaturas voladoras en la puerta del palacio, la golondrina curiosa le pregunto a la avispa sobre su veredicto, a lo cual la avispa totalmente convencida dijo – “definitivamente y sin lugar a dudas, la carne más sabrosa es la de los seres humanos” La golondrina temiendo que en el futuro este juicio causara graves problemas en la tierra, la golondrina en un descuido de la avispa se acercó y le arranco la lengua con el pico. Cuando el rey mando llamar a sus agentes encargados, les pregunto aquella noche sobre cuál era su veredicto, para esto la avispa se agitaba e intentaba decirle sus conclusiones pero el rey solo pudo escuchar el zumbido de un modo incoherente. La golondrina pidió la palabra y dijo “hemos decidido su majestad en conclusión que la carne más sabrosa y más adecuada para un rey es la carne de las serpientes”. Y es por eso desde aquel día que el águila y el halcón ambos descendientes de aquella antigua estirpe real que siempre cazan y gustan de alimentarse con las serpientes de la tundra.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana