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Mi bici holandesa


Tenia que ser así, visitar Holanda y no hacerlo de la mano de una holandesa no tiene demasiado sentido. Estaba muy, muy sobada. Ni de segunda, ni de tercera mano. Allí por 60€ te llevas una en una condición aceptable para llegar a tus destinos. Frenos de contra pedal, muchos ruidos y unos piñones que seguramente no pasaron la itv hace 100 años. ¡Pero lo que podemos pedir a una bicicleta lo tenia! Juntos dimos largos paseos por las afueras de Utrecht y nos pudimos hacer una idea aproximada de como van las cosas por esas latitudes. En la ciudad tuvimos que adaptarnos a su fuerte ritmo de pedaleo de los lugareños y por el campo nos sorprendió la falta de dificultades que hiciesen peligrar nuestra integridad personal. ¡Qué sencillo es andar en llano! ¡Qué gozada tener preferencia  en la carretera! ¡Qué relax a la hora de cruzar rotondas! Sorprendente lo de los semáforos, siempre rodeado de ciclistas. Y los fines de semana las familias con la casa a cuestas para los camping de la zona.
Si además de todo esto te encuentras con un equipo de holandeses errantes que te pasean pues lo tienes todo. Una pena lo de las casitas abandonadas  de las lumis" y que el grupo completo no haya podido visitar el castillo de Haas. Un  placer sentarte en el restaurante centenario del canal a comer sus famosos crepes. Una suerte poder atravesar el bosque al atardecer. Y un lujo visitar la casa más famosa de Utrecht con el culo descansado gracias a un buen sillón de cuero.

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