Siempre que nuestras bicicletas pisan nieves nos volvemos niños. Nos gusta experimentar, ver hasta donde aguantamos sin caer. Sentir el frió en nuestros pies. Nos gusta el sonido de nuestros pasos,seguir las huellas de nuestro compañero, hundirnos hasta los tobillos y respirar ese aire helado y penetrante que nos llega hasta el corazón.
Como único objetivo, dejar testimonio de lo que suena a nuestro alrededor
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