En ocasiones nuestras bicicletas nos llevan a lugares insospechados y en los que el pedaleo va de otra manera. A mi me ha sucedido hace unas horas. Mi querida brompton me ha llevado a la fría sala de espera de la comisaría de mi ciudad. Me he pasado unas tres horas largas viendo la cruda realidad de la vida pasando delante de mi retina. Tus problemas se quedan en nada cuando ves el dolor y los golpes marcados en el rostro de una mujer. O ves la mirada buena de un niño que tiene que soportar el odio y la violencia que se genera a su alrededor. Tampoco es de buen gusto ves entrar a una madre con su hija preadolescente por la puerta principal de la comisaría. Puedes ver el miedo en sus miradas. Puedes verlas asustadas y sobre todo indefensas. Puedes suponer cosas que no son buenas para nadie y menos para un menor. Al diablo con mi problema y con mi pequeño susto. No esta mal pararse a pensar y escuchar la música que sonaba en aquella sala y ver que en medio de todo eso te encuentras la amabilidad de la representante de la ley o la suavidad de la chica del turno de oficio o la paciencia del que te habla y su obligada compañía.
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