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Todas las puestas de sol

Todas las puestas de sol son bonitas. Esa hora en la que haces balance de lo que ha pasado y planificas un nuevo día. Ese momento en el que la luz con mucha tranquilidad va dando paso a la sombra y nuestro cuerpo funciona con otro ritmo.
Pero lo que para todos es un atardecer de lo más normal, para el que escribe se convierte en algo especial. Si te encuentras en el lugar de donde procedes, si estas con la persona que amas, si en tu interior sientes todo el sacrificio de aquel campesino y su mujer por sacar adelante a su familia, si te imaginas a una niña correteando  por el verde prado y luego se convierte en tu progenitora, pues puedes suponer que todo tiene otro sentido.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana