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Trenes que no van a ninguna parte.

La música de la estación de Bolhao me llevó a coger un metro con un destino muy incierto. Matoshiños sur me parecía un lugar para visitar. Las luces de la noche se echaban sobre la ciudad y un extraño metro que hacia como el Guadiana me dejaba ver como la luz iba perdiendo fuerza. ¿Quién no ha cogido alguna vez un tren a ninguna parte? El clima de aquel vagón tenía algo especia, semi vacío, cálido y bien iluminado. Mi asiento estaba situado muy cerca de la puerta. La anciana se sentó a mi lado. En ocasiones el lenguaje no es lo más importante, le costó muy poco empezar a contarme su vida. Poco tiempo después me cogió cálidamente de la mano y me habló de sus dos grandes amores. En una pequeña bolsa llevaba algo que llamo FRANCESIÑA, o algo así. Iba en busca de su compañero de fatigas, me contó una larga historia difícil de entender pero en apariencia llena de un amor apasionado. Bajamos en la misma estación y mi sorpresa fue mayúscula al darme cuenta de que aquello era tierra de nadie. La anciana muy amable me ofreció todo lo que llevaba encima y lo cierto es que mi osadía me llevó a adentrarme en la vida de aquella buena mujer.
Sonaba la música que te posteo en su increíble morada y todo lo que aquella buena mujer me pudo decir con su lenguaje sencillo, me ha servido para conocerme un poco más y para hacerme un poco mejor. Y aún me dejo en el tintero un montón de historias que aquel metro, tren o como lo llamén, ha dejado en mi memoria.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana