Ir al contenido principal

Las cosas cambian y la familia crece



De lo dicho el otro día nada. Las cosas cambian de la manera más peculiar.Esta semana si que he tenido la oportunidad de pasear con la crema de la crema y sin que nadie me hiciese de menos(jajaja). Todo un placer subir montañas con semejante pepino y lo mejor de todo, lo que decía el indio que la monta. Lo importante no es el caballo, lo importante es poder disfrutarlo en buena compañía y con salud y alegría. Nosotros si tenemos la suerte de contar con un buen equipo de amigos que solamente pretenden pasar la mañana del domingo respirando aire puro mientras sudan un poco.








Comentarios

  1. Que su dueño la disfrute, pero mejor en compañía que sin ella.
    Un saludo para tí y otro para Javi.

    ResponderEliminar
  2. Gran motura para un gran tipo. Que la disfrutéis!!

    ResponderEliminar
  3. Ahora solo nos falta la jovencita del grupo que se hace de rogar como cualquier primeriza. Que se vaya preparando que menuda le espera...

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana