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De nuevo en la ciudad

Es cierto que vale la pena estar en mi ciudad, pero no es menos cierto que esa adicción que tenemos a irnos los fines de semana a las montañas, hacen que disfrutemos de una envidiable salud mental. En nuestros pulmones entra aire puro para cinco días.Los músculos de nuestra cara hacen un intenso ejercicio.Si tenemos suerte y besamos el suelo, nos damos cuenta de que somos humanos. Intercambiamos cotilleos. Compartimos alimentos. Alimentamos nuestros sueños cuando plantificamos nuevos recorridos y volvemos a casa con un puñado de fotos y anécdotas para compartir contigo.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana