Montañas Vacías no se recorre para sumar kilómetros. Se recorre para volver a recordar que todavía existen lugares donde el silencio, la naturaleza y las personas siguen marcando el ritmo de la vida.
Montañas Vacías. Un viaje al corazón del silencio
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| Plaza del Torico |
Un viaje en bicicleta nunca empieza el día en que das la primera pedalada.
Empieza mucho antes. Empieza cuando reúnes al grupo con el que vas a compartir la aventura. Cuando eliges el destino. Cuando decides que la bicicleta será la forma de conocer un territorio. Y también cuando aparecen esos pequeños contratiempos que parecen querer poner a prueba la ilusión: una bicicleta que, a última hora, necesita pasar por el taller, el material que hay que revisar una y otra vez, las dudas sobre qué ropa llevar, la previsión del tiempo anunciando un calor extremo…
Todo eso también forma parte del viaje.
Nuestro destino era Montañas Vacías, un territorio que se extiende entre la Sierra de Albarracín, los Montes Universales y la Serranía de Cuenca, uno de los lugares con menor densidad de población de Europa. Un inmenso mar de pinares, barrancos, ríos, pistas forestales y pequeños pueblos donde el tiempo parece avanzar más despacio.
La aventura comenzó con un largo desplazamiento de casi setecientos kilómetros entre Gijón y Teruel. Viajábamos en dos coches, formando un pequeño convoy con las bicicletas listas para empezar a rodar al día siguiente.
Decidimos evitar las autopistas y viajar por carreteras nacionales. El calor ya anunciaba lo que nos esperaba durante los próximos días.
La primera parada importante fue Calatayud. Un menú del día y una conversación inesperada con la propietaria del restaurante, una mujer emprendedora que compaginaba la hostelería con el trabajo en una ambulancia y otras ocupaciones. Uno de esos encuentros que recuerdan que viajar también consiste en escuchar historias ajenas.
A media tarde llegamos a Teruel.
Para mí era un regreso especial. Ya había comenzado esta misma aventura desde aquí en 2019 y también había vuelto en 2022 junto a Ari. Hay lugares que terminan convirtiéndose en pequeñas tradiciones.
La primera anécdota apareció antes incluso de bajar las bicicletas. Entre calles estrechas, direcciones prohibidas e indicaciones de la policía, acabamos dando más vueltas de las previstas antes de encontrar aparcamiento.
Después llegó el momento de pasear por la plaza del Torico, hacer las primeras fotografías, tomar unas cervezas y hablar, sin prisas, de lo que estaba a punto de comenzar.
A las once de la noche todavía preparábamos las alforjas.
El despertador sonaría a las seis y media.
Ahora sí. Mañana empezará Montañas Vacías.
Teruel - Bronchales. El primer contacto (02/07/2026)
A las siete y media comenzamos a pedalear.
Apenas habían pasado unos segundos desde que nos sentamos en el sillín y ya supimos que aquel viaje tenía algo especial. Al dejar atrás la plaza del Torico, el amanecer iluminó la torre mudéjar de El Salvador, Patrimonio de la Humanidad, y su reflejo convirtió el asfalto en un camino de oro. Fue una sensación difícil de explicar, de esas que aparecen sin avisar y te hacen pensar que has elegido el lugar y el momento adecuados para estar pedaleando.
La etapa nos llevaba desde la vega del Turia hasta la Sierra de Albarracín, entrando poco a poco en uno de los grandes bosques de pino silvestre de España.
La tierra rojiza que rodea Teruel, escenario de una de las batallas más cruentas de la Guerra Civil, nos obligó a detenernos apenas unos kilómetros después de dejar la ciudad. Frente a nosotros se abría un paisaje de una belleza difícil de describir, pero también cargado de memoria. Era inevitable que la imaginación viajara hasta aquellos días oscuros de nuestra historia reciente. Aquel fue solo el primer encuentro con ese pasado: a lo largo del camino, la ruta volvería a cruzarse una y otra vez con las huellas de la contienda.
El camino nos llevó después hasta El Campillo, la laguna de Bezas y la subida a la Peña de la Cruz, conocida antiguamente como Peña Botadera. Al alcanzar el mirador comprendimos, por primera vez, la verdadera dimensión del territorio que nos esperaba. Ante nosotros se extendía un inmenso mar de bosques, interrumpido únicamente por las llamativas formaciones de arenisca rojiza que caracterizan esta sierra y que nos dejaron completamente impresionados.
Aquel lugar también nos devolvió, una vez más, a la memoria de la Guerra Civil. Su privilegiada posición, dominando todo el entorno, lo convirtió en un observatorio y punto de vigilancia estratégico para ambos bandos. Era el segundo escenario del conflicto que encontrábamos en apenas unas horas de ruta, una prueba más de que, en estas montañas, la naturaleza y la historia caminan de la mano.
Una divertida combinación de pistas y carreteras secundarias nos condujeron hasta Albarracín, mientras el termómetro seguía subiendo sin dar tregua. Era el momento de hacer una pausa y disfrutar de uno de esos lugares que justifican cualquier desvío. Su arquitectura sorprende desde el primer instante y recorrer sus calles empedradas con la bicicleta de la mano fue uno de los primeros grandes momentos del viaje, uno de esos pequeños objetivos que llevábamos marcados desde que empezamos a preparar la ruta.
Pero Albarracín fue también el punto donde el viaje cambió de tono. A la salida del pueblo, la carretera se empinó con decisión en dirección a Bronchales y el calor comenzó a mostrarnos su peor cara. Los últimos veintisiete kilómetros fueron una auténtica prueba de resistencia: más de mil metros de desnivel siempre mirando hacia arriba, temperaturas que superaban los treinta grados y un sol que quería ser el protagonista. Cada pedalada exigía un poco más que la anterior.
Cuando, por fin, alcanzamos Bronchales, entendimos que Montañas Vacías no estaba dispuesta a regalar un solo kilómetro. Había que ganarse cada metro de avance. Y, precisamente por eso, empezábamos a disfrutarla todavía más.
Bronchales - Tragacete. Donde nace el Tajo (03/07/2026)
La mañana amaneció despejada y el calor volvió a anunciar que sería un compañero inseparable durante toda la jornada.
Abandonamos Bronchales internándonos en los inmensos pinares de la Sierra de Albarracín, un territorio donde el bosque parece no tener fin. Las pistas de grava, perfectamente acondicionadas, invitaban a rodar sin prisas, disfrutando del silencio, del olor a resina y de esa sensación de libertad que solo aparece cuando durante kilómetros no te cruzas con nadie.
Muy pronto apareció uno de los lugares emblemáticos de Montañas Vacías: el mirador de La Portera. Desde allí la vista se pierde entre montañas cubiertas de bosque, recordándonos la inmensidad de un territorio donde la naturaleza sigue marcando el ritmo.
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| Refugio forestal La Portera |
Mientras contemplábamos el paisaje apareció un hombre de más de ochenta años montado en una bicicleta eléctrica. Viajaba completamente solo.
Nos contó que llevaba años recorriendo España sobre dos ruedas y hablaba con la serenidad de quien ya no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Escucharlo fue uno de esos regalos inesperados que solo ofrecen los viajes. Nos despedimos con la sensación de haber recibido una auténtica lección de vida.
La larga bajada hasta Griegos, uno de los pueblos situados a mayor altitud de España, fue un auténtico regalo. Allí compramos algo de comida en un pequeño supermercado regentado por una mujer de origen ruso que un día decidió convertir este rincón de la sierra en su hogar. Mientras preparábamos unos bocadillos con un excelente jamón de la zona compartimos una agradable conversación que volvió a recordarnos que viajar nunca consiste únicamente en sumar kilómetros.
Desde Griegos entramos de lleno en los Montes Universales, un espacio natural de enorme valor ecológico que comparte protagonismo con la Sierra de Albarracín y la Serranía de Cuenca dentro del recorrido de Montañas Vacías.
Las pistas forestales nos condujeron hasta uno de los lugares más simbólicos de toda la ruta: el nacimiento del río Tajo.
Allí, donde nace el río más largo de la península ibérica, todo transmite calma. Resulta difícil imaginar que aquel pequeño hilo de agua terminará recorriendo más de mil kilómetros antes de abrazar el Atlántico en Lisboa. Seguimos pedaleando mientras el calor volvía a apretar. Los caballos pastaban tranquilamente en las praderas y, durante muchos kilómetros, el único sonido era el de nuestras ruedas deslizándose sobre la grava. En momentos así uno entiende por qué esta ruta se llama Montañas Vacías.
La bajada del puerto del Campillo, ya dentro de la Serranía de Cuenca, fue uno de esos instantes que justifican un viaje entero. Kilómetros de carretera prácticamente desierta atravesando un inmenso bosque de pinos, con la sensación de que el mundo quedaba muy lejos de nosotros. Llegamos a Tragacete con el cansancio propio de una gran etapa, pero también con esa satisfacción que solo deja un día bien aprovechado sobre la bicicleta.
El Hostal Serranía fue un auténtico acierto. Después de una buena ducha, de hacer la colada y de brindar con unas cervezas, solo quedaba dejar que el cuerpo se relajara. La jornada terminó cenando mientras veíamos un partido de la selección española, un final sencillo, sin grandes artificios, pero perfecto.
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| Hostal Serrania. Tragacete |
Porque, al fin y al cabo, de eso también trata el bikepacking: de pedalear, descubrir lugares y personas, disfrutar de los pequeños momentos… y acabar el día con la sensación de que no habrías querido estar en ningún otro sitio.
Tragacete - Zafrilla. El calor también forma parte del viaje (04/07 2026)
Si alguien me preguntara cómo recordaré esta etapa, probablemente respondería con una sola palabra: calor.Los termómetros llegaron a marcar 41 grados y aquello convirtió una jornada espectacular en una auténtica prueba de resistencia. Pero también aprendimos que el calor, igual que el viento o la lluvia, forma parte del viaje. No se elige; simplemente se acepta y se pedalea.
Salimos de Tragacete adentrándonos, una vez más, en los inmensos pinares de la Serranía de Cuenca. Las pistas forestales nos condujeron hasta el refugio de La Alconera, uno de esos lugares donde el silencio parece tener vida propia y donde el bosque transmite una calma difícil de explicar.
Aquella mañana tuvimos dos compañeros de viaje inesperados. Las mariposas. Decenas de ellas revoloteaban continuamente a nuestro alrededor, acompañándonos durante kilómetros como si también formaran parte de la ruta. Y, de vez en cuando, el bosque nos regalaba otra sorpresa. Varios ciervos aparecían entre los árboles durante apenas unos segundos antes de desaparecer con la misma rapidez con la que habían llegado. Son momentos fugaces, pero permanecen mucho tiempo en la memoria.


El descenso hacia Valdemoro de la Sierra nos deparó uno de los encuentros más especiales de toda la aventura. Allí conocimos a Maria y sus hijas , perteneciente a una familia trashumante. Charlamos largo y tendido sobre su forma de vida, el cuidado del ganado y un oficio que, poco a poco, va desapareciendo de nuestras montañas. Antes de despedirnos nos ofreció agua de Guadaliviar, el pueblo del que es natural. Un gesto sencillo que resume a la perfección la hospitalidad de quienes todavía viven ligados a esta tierra.
¿Por qué los viajes siempre terminan recordándose por las personas?.
A mediodía hicimos una parada en Beamud. En el pequeño bar del Centro Social nos recomendaron dónde comer en Valdemoro de la Sierra. Allí llegó el momento de probar el morteruelo, uno de los platos más representativos de la Serranía de Cuenca. Viajar también es descubrir la gastronomía de cada lugar, y aquel morteruelo supo tan bien como cualquiera de los paisajes que habíamos contemplado durante la mañana. Antes de continuar hicimos una parada en el chiringuito de Valdemoro. Un lugar sencillo, con muy buen ambiente, donde recuperamos fuerzas sabiendo que la parte más exigente del día todavía estaba por llegar. Y llegó. Con el termómetro rozando los cuarenta grados, cada subida parecía interminable. El calor salía del suelo y convertía cada pedalada en un pequeño desafío. En una de las largas ascensiones, cerca de Campillos Sierra, uno de nosotros comenzó a encontrarse mal. Las pulsaciones se dispararon y no hubo ninguna duda: tocaba parar.
Durante casi una hora buscamos una sombra donde descansar. Nadie protestó. Nadie miró el reloj. Si algo nos enseñó este viaje fue que el compañerismo siempre está por encima de cualquier planificación. No importan los kilómetros ni el tiempo empleado cuando compartes la ruta con personas que entienden que lo primero es cuidar del grupo. Aquella pausa, casi una siesta improvisada, cambió por completo la tarde.
Reanudamos la marcha con otro ánimo y, poco después, la piscina de Huerta del Marquesado apareció como un auténtico oasis. Una bebida bien fría, una conversación con varios jóvenes que disfrutaban del verano y una agradable sorpresa: escuchar a chicos de apenas diecisiete años hablar con ilusión de quedarse a vivir en estos pueblos. En tiempos en los que tantas zonas rurales luchan contra la despoblación, encontrar esa forma de pensar fue una noticia que nos llenó de esperanza.
Pero la etapa todavía guardaba un último esfuerzo. Las largas rampas que conducen hasta Zafrilla nos obligaron a sacar las últimas fuerzas que quedaban en las piernas. Llegamos cansados, muy cansados, pero también satisfechos. Habíamos superado probablemente la jornada más dura de toda la ruta. El calor nos había puesto a prueba. Y nosotros habíamos respondido pedaleando juntos.
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| Zafrilla |
Track Tragacete-Zafrilla. Enlace.
Zafrilla – Teruel. La belleza de pedalear sin prisa (05/07 2026)
La noche en Zafrilla terminó de la mejor manera posible.
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| Bar Papi. MV-Points |
Después de cenar salimos a caminar por las tranquilas calles del pueblo, envueltas ya en ese silencio que caracteriza a estas montañas cuando cae el sol. Fue entonces cuando conocimos a Adela, una mujer octogenaria que había dedicado toda su vida a la ganadería.
Nos habló de inviernos interminables, de rebaños, de sacrificio y de una forma de vivir que hoy parece pertenecer a otro tiempo. Escucharla fue como abrir una ventana al pasado. Una conversación sencilla, sin prisas, que nos recordó que los lugares no solo se conocen recorriendo sus caminos, sino también escuchando a quienes los han vivido.
Antes de retirarnos todavía nos esperaba otro pequeño regalo. Volver a Casa Papi, un lugar que llevaba años queriendo revisitar y que sigue siendo un auténtico refugio para quienes recorremos Montañas Vacías. Allí las bicicletas no son solo un medio de transporte; son la excusa perfecta para compartir historias, intercambiar rutas y sentir que todos hablamos el mismo idioma.
La última etapa amaneció, cómo no, con otro día de calor intenso.Abandonamos Zafrilla por pistas forestales que pronto nos llevaron hasta un impresionante cañón excavado por el río. Uno de esos lugares donde apetece dejar la bicicleta apoyada en cualquier árbol y dedicar unos minutos simplemente a mirar.
Después llegaron las pistas pedregosas, una tranquila carretera comarcal y los primeros veinte kilómetros de ascensión constante. El esfuerzo era evidente, pero el paisaje volvía a hacer su trabajo. En Montañas Vacías siempre hay un momento en el que el cansancio deja de importar porque todo lo que te rodea compensa cualquier sacrificio.
Al desviarnos hacia Alobras regresamos al terreno que ya sentíamos casi como nuestro: interminables pinares, silencio absoluto y la agradable sensación de pedalear por uno de los espacios naturales mejor conservados de la península.
La subida a Jabalón fue uno de los momentos más especiales de la jornada. El calor seguía siendo intenso, pero desde las cotas más altas la Sierra de Albarracín se extendía ante nosotros como un océano verde. Allí comprendimos la verdadera dimensión de estas montañas y el privilegio que supone poder recorrerlas sobre una bicicleta.
El descenso hasta Jabaloyas nos llevó a otro de esos pueblos que parecen haber detenido el paso del tiempo. Comimos, paseamos sin prisa por sus calles y volvimos a disfrutar de esa tranquilidad que solo existe en los pequeños pueblos de montaña.
La laguna de Bezas fue la última gran sorpresa del viaje. Un paisaje completamente diferente a todo lo visto durante los días anteriores que volvía a demostrar la extraordinaria diversidad de Montañas Vacías.Poco después aparecieron los primeros huertos que anuncian la llegada a Teruel.El mismo lugar donde, unos días antes, habíamos comenzado esta aventura con la incertidumbre de quien no sabe exactamente qué le espera.
Esta vez entrábamos de otra manera. Con las piernas cansadas. Con las bicicletas cubiertas de polvo. Y con la satisfacción de haber recorrido un territorio que deja huella.
El camino de vuelta(06/07 2026)
Toda aventura termina.
Las bicicletas volvieron al coche y los casi setecientos kilómetros hasta Asturias aparecían de nuevo en el horizonte. Curiosamente, el tramo más largo del viaje ya no iba a hacerse pedaleando.
Durante esas horas de carretera apenas hablamos del esfuerzo. Hablamos de Adela, de Maria, del ciclista octogenario, del mirador de La Portera, de la mujer rusa que decidió empezar una nueva vida en Griegos y de aquellos jóvenes de Huerta del Marquesado que sueñan con construir su futuro sin abandonar su pueblo.
Recordamos los inmensos pinares, el nacimiento del Tajo, los ciervos cruzando el bosque, las mariposas que parecían acompañarnos durante kilómetros, las sobremesas, las cervezas al final de cada etapa y las risas compartidas cuando el calor nos ponía contra las cuerdas.
Y entonces volví a recordar algo. Cuando preparas un viaje piensas en los kilómetros, en los desniveles, en los mapas o en el material que vas a llevar. Cuando regresas, casi nunca recuerdas nada de eso.
Lo que permanece son las personas que conociste, las conversaciones inesperadas, los paisajes que te obligaron a detenerte y esa sensación de libertad que solo aparece cuando el tiempo deja de tener importancia y lo único urgente es seguir pedaleando.
Montañas Vacías no es solo una ruta. Es una manera de viajar. Una invitación a bajar el ritmo, a mirar con calma y a descubrir que todavía existen lugares donde el silencio tiene tanto valor como el paisaje.
Aquel primer amanecer en Teruel nos hizo sentir que pedaleábamos sobre un camino de oro.
Ahora, después de varios días atravesando montañas, bosques y pueblos que conservan intacta su esencia, sabemos que aquella imagen fue mucho más que un bonito comienzo. Fue el anuncio de un viaje que difícilmente olvidaremos. Porque hay rutas que se completan cuando llegas al destino. Y hay otras, como Montañas Vacías, que continúan mucho después de haber dejado de pedalear.
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