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El Románico de Calleja

 

Antes de salir habíamos hecho los deberes. Habíamos leído artículos, revisado mapas, descargado tracks y tomado notas de todo aquello que parecía imprescindible. Sobre el papel, la ruta estaba perfectamente definida. Pero luego está la realidad. Y la realidad, casi siempre, va por libre. Todos esos comentarios que habíamos hecho por wasap se quedan en eso, comentarios pero han servido para disfrutar durante la semana de una alegría a la que daríamos rienda suelta a partir de las 6 de la mañana del sábado 6 de junio de este fantástico 2026.

Las ermitas siguen estando donde dicen los mapas, claro. Lo que no aparece en los tracks es que llegas a un pueblo y la puerta está cerrada. O que preguntas a un vecino y te dice que la llave la tiene alguien que hoy no está. O que simplemente no hay nadie alrededor para abrirte. Así que, poco a poco, fuimos entendiendo que esta historia no iba tanto de coleccionar visitas como de aceptar lo que el camino nos fuese ofreciendo.

Al final, únicamente pudimos entrar en un par de ermitas. El resto las contemplamos desde fuera, recorriendo con la mirada sus muros centenarios e intentando imaginar todo lo que han visto pasar durante siglos. Y, curiosamente, eso tampoco estuvo nada mal.

Porque muchas veces salimos  con la idea de tachar lugares de una lista, cuando lo verdaderamente interesante ocurre entre un punto y otro. En las pistas que unen los pueblos, en los paisajes que no esperabas encontrar y, sobre todo, en las personas que aparecen cuando menos lo esperas.

Y al final, casi sin darnos cuenta, las ermitas fueron dejando espacio a otras historias igual de interesantes.

A las pequeñas conversaciones con las señoras que pasan la mañana sentadas a la puerta de casa y que, al ver aparecer a unos ciclistas con  bolsas, dieron por supuesto que estábamos haciendo el Románico de Calleja y nos comentaron como desde el 2017 que hicieron el programa, han cambiado algún trazado del camino. A la pintora que un día decidió cambiar el ruido de la ciudad por la tranquilidad de un pueblo castellano y que, después de charlar un rato con nosotros, se ofreció a hacernos una foto junto a una ermita de  Cillamayor. Al agricultor que nos habló sin rodeos de lo complicado que resulta sacar adelante su trabajo en los tiempos que corren.

También recuerdo aquel tractor que adelantamos mientras trabajaba la tierra. Nosotros pasamos rápido, empujados por el ritmo de la ruta. Él siguió a lo suyo, recorriendo una y otra vez la misma parcela. y dejándonos una escena que es pura Castilla. Durante unos segundos pensé que nosotros estábamos allí para descubrir aquel paisaje, mientras que él formaba parte de él desde siempre y me sentí un poco "extranjero"

Son imágenes  breves. A veces apenas duran unos segundos . Pero tienen la capacidad de quedarse más  tiempo en la memoria que cualquier dato histórico aprendido en esa mañana.

Y luego están todas esas anécdotas  que nunca aparecen en los mapas.

El gato negro que nos observaba desde la puerta de la ermita de San Martín, en Matalbaniega, como si llevase siglos vigilando quién entra y quién sale, y que durante unos minutos decidió acompañarnos correteando a nuestro lado por el camino. Los ciclistas vascos con los que fuimos coincidiendo desde primera hora y a los que terminamos saludando como si nos conociéramos de toda la vida. De esos encuentros tan habituales cuando viajas en bicicleta, en los que una simple coincidencia acaba convirtiéndose en una conversación compartida. La nuestra tuvo lugar bajo el pórtico de la Iglesia de la Asunción, en Barrio de Santa María, intercambiando rutas, experiencias y esas pequeñas historias que siempre aparecen cuando varios cicloturistas se encuentran.

Y tampoco me resisto a recordar nuestro paso por la iglesia de Santa Marina, en Villanueva de la Torre. La visita fue breve, porque justo cuando nos disponíamos a entrar, el guía nos explicó que únicamente podía visitarse mediante una visita guiada con un coste de tres euros por persona. Aquella pequeña cantidad, casi simbólica, terminó dando pie a una conversación mucho más interesante de lo que esperábamos. Hablamos sobre la conservación del patrimonio, sobre el esfuerzo que supone mantener abiertos estos lugares y sobre el delicado equilibrio entre acercar la cultura a los visitantes y conseguir los recursos necesarios para preservar edificios que forman parte de nuestra historia. Al final, más allá de entrar o no en la iglesia, nos llevamos una reflexión que nos acompañó durante muchos kilómetros.

También los tres euros de cada entrada. Una cantidad casi simbólica que, más que pagar una visita, parece una forma de agradecer el esfuerzo de quienes mantienen abiertos estos lugares. Porque detrás de cada puerta que se abre suele haber personas que dedican su tiempo para que este patrimonio siga vivo.

Y, por supuesto, los pequeños errores de cálculo. Ese cortafuegos que parecía una pista rápida y terminó recordándome, después de una pequeña caída, que la arena tiene muy poco que ver con la tierra compacta por la que habíamos rodado durante toda la mañana y que tanto nos había divertido. Hubo algún resoplido, varias ruedas clavadas y unas cuantas carcajadas después.

Como también hubo risas con ese dron que, por momentos, parecía tener un criterio muy distinto al de su propietario. Mientras uno intentaba darle instrucciones precisas, el aparato prefería interpretar el plan a su manera, generando más de una escena cómica y algún que otro momento de incertidumbre.

Por suerte, la aventura terminó bien y el dron regresó sano y salvo después de completar su particular vuelo libre. Aún no hemos visto las imágenes que capturó, pero teniendo en cuenta los paisajes espectaculares por los que transcurrió la ruta, resulta difícil que hayan salido mal. Si alguna fotografía no está a la altura del entorno, probablemente no será culpa de la cámara ni del piloto, sino de la escasa fotogenia de quienes aparecíamos pedaleando por aquellos caminos castellanos.


Porque cuando pienso en la ruta no recuerdo únicamente las iglesias, ni los kilómetros, ni siquiera el recorrido exacto. Lo que permanece son los momentos compartidos. Las conversaciones improvisadas. Los encuentros inesperados. Los paisajes infinitos de la montaña palentina. La luz de una primavera que parecía hecha para pedalear. La sensación de recorrer lugares donde todavía quedan historias por escuchar y esos compañeros con los que sabes que puedes ir al fin del mundo y de los que cada día aprendes algo.

Por eso, cuando alguien me pregunte por esta ruta, seguramente hablaré del románico, de las ermitas cuyos nombres acabaré olvidando con el paso del tiempo y de esos pequeños pueblos castellanos que hoy reconozco perfectamente sobre el mapa, pero que dentro de unos años probablemente no sabría volver a localizar. Hablaré también de las interminables pistas que atraviesan la Montaña Palentina, de los paisajes que parecen no tener fin y de lo mucho que disfrutó mi querida Rosita recorriendo cada kilómetro.

Pero, sobre todo, hablaré de las personas con las que compartí esta aventura. Del madrugón que nos pegamos para aprovechar el día, de las bromas que fueron haciendo más cortos los kilómetros y de aquel despiste que nos llevó a tomar la carretera equivocada cuando ya creíamos tener claro el camino. Porque al final no son los monumentos ni los mapas los que permanecen en la memoria, sino las historias que se viven en buena compañía.

Y si esta ruta terminó siendo tan especial, fue precisamente por eso: porque fueron ellos quienes acabaron dando sentido al viaje. Y así, casi sin hacer ruido, otro fin de semana se ha convertido en uno de esos recuerdos que encuentran un hueco permanente en la estantería de las buenas aventuras.

Otra ruta. Otro puñado de historias.


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