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En casa de Mari y Pepe.

La Mari y Pepe

A escasos kilómetros de mi ciudad todavía existen lugares donde el tiempo parece haberse quedado quieto. Lugares que no salen en campañas de turismo ni en vídeos rápidos de redes sociales. Sitios donde las puertas aún se abren antes de llamar y donde la conversación sigue teniendo más valor que la prisa.Allí, en uno de esos pequeños pueblos que forman parte de esa España vaciada de la que tanto se habla y tan poco se comprende de verdad, viven Mari y Pepe.

Todos los años, cuando hacemos el camino hacia Covadonga, hay una parada que nunca negociamos: su casa. Porque más que una parada, es un regreso. Un pequeño ritual que ya forma parte inseparable de la ruta.

Ellos están ahí. Siempre.Esperándonos.Y eso, en los tiempos que corren, tiene muchísimo valor.

Mari te abre la puerta con esa naturalidad de quien entiende la hospitalidad no como un gesto extraordinario, sino como una forma de vivir. Su casa huele a pueblo de verdad. A comida hecha sin relojes. A huerta cuidada con paciencia. A gallinas caminando alrededor de la casa. A una vida sencilla, pero jamás simple.

Hay algo profundamente reconfortante en verla moverse por su entorno, como si cada cosa estuviera exactamente donde debe estar.

Y luego está Pepe.Pepe no es una persona. Pepe es una enciclopedia rural con patas.Taxidermista aprendido a distancia —y estamos hablando de los años 80, cuando aprender algo desde casa tenía muchísimo más mérito que darle hoy a un tutorial—. Agricultor. Carpintero. Ebanista. Trabaja la piedra. Tiene llagar. Hace sidra. Sabe de animales, de plantas, de cultivos, de herramientas y también de personas. Y eso último quizá sea lo más difícil de todo.

Escucharlo es entender que antes el conocimiento no venía fragmentado. La gente sabía hacer muchas cosas porque la vida les obligaba a comprender el mundo de una manera completa. Sin especializaciones absurdas. Sin postureo. Sin necesidad de aparentar nada.

Parar a dormir en su casa no es únicamente descansar del viaje. Es hacer una inmersión total en una forma de vida que se está apagando poco a poco. Allí uno recuerda que las conversaciones largas todavía existen. Que sentarse a la mesa puede durar horas. Que mirar el tiempo, la tierra o los animales sigue siendo una manera válida de interpretar el mundo.

Y quizá por eso duele un poco más marcharse cada año. Porque sabemos que, cuando ellos falten, el legado que representan desaparecerá con ellos. Y toda esa sabiduría acumulada quedará para siempre encerrada entre hórreos, llagares y casas vacías.

Porque, si algo hemos aprendido haciendo kilómetros en bicicleta, es que esta vida se está muriendo lentamente.

Las aldeas se vacían. Las casas se cierran. Y con cada puerta que deja de abrirse desaparece también una forma de entender la existencia mucho más humana que la nuestra.

Por eso merece la pena seguir pedaleando.Sí, por los paisajes. Por las montañas. Por las carreteras secundarias.

Pero sobre todo por la gente.

Por sentarse a escuchar. Por compartir mesa. Por dejar que alguien te cuente cómo se hacía la sidra antes, cómo se trabajaba la madera o cómo se sobrevivía cuando no había absolutamente nada fácil.

Porque al final los viajes importantes no son los que acumulan kilómetros.

Son los que te recuerdan quién merece la pena.



Comentarios

  1. Pues no es un tema menor. Toda mi admiración para Pepe y Mari

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