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Esos deliciosos días...


Esos deliciosos días de invierno con 15º grados y todo el día por delante, se convierten en un regalo divino. Los caminos, después de unas semanas de inactividad, se convierten en auténticos muros. Cuesta subirlos y cuesta bajarlos. Las piernas se han acostumbrado a otras cosas y hay que recordarlas su cometido. El paisaje ha cambiado con la estación y te encanta descubrir los pequeños detalles de ese cambio.
Diseñaste el recorrido que más te gusta y lo estas disfrutando al máximo. Tu cabeza vuela libre y se va hacia lugares insospechados. Paras para contemplar lo que te rodea y tomar alguna instantánea. No quieres que el reloj siga corriendo. Solo rodar y rodar por las pistas que rodean tu ciudad.
 ¡ No es tu ciudad, es tu paraíso!.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana