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Cuando había calma...



Sabíamos que llegaría el invierno tarde o temprano. Nos habían avisado. Por eso decidimos acabar este VEROTOÑO con una ruta costera. Más adelante el viento y los caminos la harán intransitable. Una ruta que nos ha servido para reencontrarnos con nosotros mismos. Una bicicleta, una cámara fotográfica y todo el día por delante pueden hacerte pasar un día inolvidable. Salir al amanecer y llegar a tu ciudad cuando se enciende la iluminación nocturna es tener tiempo para muchas cosas. Ahora en nuestros cuarteles de invierno podemos sentarnos delante del ordenador y recordarlo. 
Pero pensándolo bien, ahora se abre ante nosotros otra época del año con otra  infinidad de posibilidades de disfrutar con lo que más nos apasiona.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana