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Afortunado de vivir en una ciudad pequeña y muy cerca del montaña...


Hoy me siento afortunado de vivir en una ciudad pequeña y muy cerca del montaña. Menudo lujazo poder planificar una tarde de bicicleta para ver el atardecer desde las montañas que rodean mi ciudad. No puedo sentirme más afortunado, un trabajo que me permite el lujo de hacer una ruta de tres horas en un precioso día de otoño. He podido ver a menos de un metro un zorro que parecía querer volver a la ciudad conmigo y como colofón del día partido de baloncesto.Y la alegria de tener un equipo que cree en la fuerza del grupo y además gana a Francia en su propia casa, ante 27.000 personas. Pues nada ya toca ir para la cama con alegria en el cuerpo. El fin de semana esta aquiiiiiiiiiiii.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana