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Para llegar a lo más profundo del bosque tuvimos que dejar nuestras queridas monturas. Siguiendo el curso del río atravesamos una decena de puentes. El río penetraba en el valle y poco a poco se mostraba más dulce. El calor de los últimos días unido al agua caída nos hacen pensar que la primavera está a punto de estallar. Un bosque profundo, un río azul intenso y lleno de sonoridad nos metian de lleno en el paraíso. No teníamos prisa por salir de él. La luz de la tarde y el sonido del agua golpeando las piedras creaban una atmósfera única. Habíamos llegado a aquel lugar de casualidad. Siempre encuentras un lugareño al que escuchar. Es el interior de Gálica y la gente habla el mismo lenguaje que nosotros. 
Ha sido un fin de semana lleno de luz y de belleza pero no habría sido lo mismo sin las personas que me han acompañado empezando por mi compañera y acabando por todos los habitantes del triángulo dos trasnos y por el desconcertante Gorcarrete.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana