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En el alto de la Cabruñana


En el alto de la Cabruñana tuve la ocasión de compartir un puñado de horas con ellos. Primero me llego el dulce olor a “maría” luego la curiosidad me hizo acercarme a sus bicicletas. Creo que a una de ellas incluso le faltaba algún tornillo y le sobraba mucho peso. Llevaban a cuestas una enorme y pesada tienda de campaña, cacerolas, camping gas y una parafernalia que hacia que se desplazasen con gran dificultad. Su indumentaria era un poco arcaica para lo que estamos acostumbradas. Era simpático pero el más bajito no disponía de casco ya que este se había peleado con sus enormes rastas. Amables y muy alegres. Tranquilos y muy soñadores. Dispuestos y muy respetuosos. Decididos y auto suficientes. Cuando me acostaba les deje ensimismados en sus historias. Diarios personales o comunicaciones vía teléfono. Disfrutaban de un relax bien merecido. La ultima ascensión le había dejado exhaustos. Apenas estaban acostumbrados a andar en bicicleta, lo que si estaban dispuestos era a hacer un montón de kilómetros para llegar a un pueblo perdido del interior de Asturias. Pero con lo que me he quedado es con el grito de alegría que dieron al iniciar su etapa diaria. El sol ya calentaba y estos muchachos mientras daban las primeras pudeladas por una carretera con una pronunciada bajada, gritaban con todas sus fuerzas mientras tenían los brazos abiertos en cruz. Era la alegría que sentimos todos cuando damos la primera pedaladas del día, solamente que ellos lo expresaban a su manera, con la energía y la frescura de sus años

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana