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Esos lugares tan extraños

Satori "Om Namah Amitabaya, Buda Om, Shanga Om, Darma Om...". Con profunda devoción, cantaron por última vez el mantra, como al final de cada meditación. Habían llegado al término del riguroso retiro de meditación de fin de año, que había durado treinta días. Ardían dos austeras velas ante la imagen sonriente de Buda. Una suave fragancia a sándalo inundaba la sala. Flotaba en toda ella un silencio que entraba por los poros de la piel, abiertos en sutil atención al aquí y ahora. El esforzado grupo de aspirantes al Despertar, esperaba con impaciencia, doloridas las rodillas y encogidas las articulaciones, la charla final del Maestro neófito, Pravira Jebal. "Tantas horas sentados, tanto sueño, tanto esfuerzo -dijo con voz solemne y las pupilas dilatadas por la prolongada vigilia- ¿y qué hemos conseguido?... ¡NADA!".
Una sonora y convulsa carcajada estalló desde el fondo del vientre de cada uno de los meditadores. En ese preciso momento comprendieron

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana