Antes de salir habíamos hecho los deberes. Habíamos leído artículos, revisado mapas, descargado tracks y tomado notas de todo aquello que parecía imprescindible. Sobre el papel, la ruta estaba perfectamente definida. Pero luego está la realidad. Y la realidad, casi siempre, va por libre. Todos esos comentarios que habíamos hecho por wasap se quedan en eso, comentarios pero han servido para disfrutar durante la semana de una alegría a la que daríamos rienda suelta a partir de las 6 de la mañana del sábado 6 de junio de este fantástico 2026. Las ermitas siguen estando donde dicen los mapas, claro. Lo que no aparece en los tracks es que llegas a un pueblo y la puerta está cerrada. O que preguntas a un vecino y te dice que la llave la tiene alguien que hoy no está. O que simplemente no hay nadie alrededor para abrirte. Así que, poco a poco, fuimos entendiendo que esta historia no iba tanto de coleccionar visitas como de aceptar lo que el camino nos fuese ofreciendo. Al final, únicame...
La Mari y Pepe A escasos kilómetros de mi ciudad todavía existen lugares donde el tiempo parece haberse quedado quieto. Lugares que no salen en campañas de turismo ni en vídeos rápidos de redes sociales. Sitios donde las puertas aún se abren antes de llamar y donde la conversación sigue teniendo más valor que la prisa.Allí, en uno de esos pequeños pueblos que forman parte de esa España vaciada de la que tanto se habla y tan poco se comprende de verdad, viven Mari y Pepe. Todos los años, cuando hacemos el camino hacia Covadonga, hay una parada que nunca negociamos: su casa. Porque más que una parada, es un regreso. Un pequeño ritual que ya forma parte inseparable de la ruta. Ellos están ahí. Siempre.Esperándonos.Y eso, en los tiempos que corren, tiene muchísimo valor. Mari te abre la puerta con esa naturalidad de quien entiende la hospitalidad no como un gesto extraordinario, sino como una forma de vivir. Su casa huele a pueblo de verdad. A comida hecha sin relojes. A huerta cuidada con...