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Rías gallegas 2026

 

Galicia a pedaladas: 350 kilómetros para llegar al fin del mundo y volver con maravillosos recuerdos.

A Casa do boi
2 de agosto de 2026. A Casa do Boi

Continuamos con el proyecto de recorrer la costa cantábrica y atlántica de la península ibérica. Un proyecto que nació hace cuatro años y que, poco a poco, se ha convertido en una cita imprescindible cada agosto. Y por eso, este año hemos vuelto a mi albergue favorito de los Caminos de Santiago.

La víspera de la partida la pasamos en A Casa do Boi en Ventosa, donde Lito  nos recibe, como siempre, con todo el cariño del mundo. El albergue está situado en pleno Camino de Santiago, a escasos kilómetros de Santiago de Compostela, y supone nuestra primera toma de contacto con el ambiente peregrino. Y, la verdad, ha sido bastante pintoresca.

La velada transcurre entre los comentarios habituales sobre lo que nos espera y, sobre todo, las sugerencias de Iván acerca de las posibles visitas y de aquellos lugares interesantes que ha programado para estas cuatro jornadas.

Pero la anécdota que difícilmente olvidaremos tiene que ver con los olores. Los de algunos caminantes invaden por completo nuestra habitación y, en muy pocas ocasiones, nos hemos encontrado con una bienvenida olfativa tan contundente. Durante unos minutos nos preguntamos cómo, teniendo tan buenos servicios a disposición, a nadie se le había ocurrido tirar de lavadora y hacernos la vida un poco más agradable.

Probablemente llevan muchos días de ruta y no han tenido demasiadas oportunidades de lavar la ropa. Sea como sea, nos han recibido con una intensidad mayor de la esperada. Al final, como suele ocurrir en los viajes, nos acostumbramos y terminamos tomándonos la situación con humor.

Porque estas pequeñas anécdotas también forman parte de un viaje. Son precisamente las que, con el paso del tiempo, acabarán provocando alguna sonrisa cuando las recordemos.

Pero, por encima de todo, está la sensación de estar a punto de comenzar otro viaje maravilloso.

Hace apenas unas horas ni siquiera teníamos claro que pudiéramos empezar. Un familiar de uno de nosotros enfermó y, durante un momento, pensamos que tendríamos que aplazarlo todo. Por suerte, la situación evolucionó favorablemente y mañana podremos poner en marcha aquello que llevábamos tanto tiempo preparando.

Iván, José Luis y yo pondremos rumbo a Fisterra. Desde allí comenzará nuestra particular travesía por las rías gallegas: cuatro días de bicicleta que terminarán en Santiago de Compostela.

El viaje promete. Y quizá saber desde el principio que estuvimos a punto de no poder hacerlo haga que cada kilómetro que venga tenga, desde el primer momento, un valor añadido.

Primera etapa. A Casa do Boi – Fisterra

3 de agosto de 2026 · 77 km 5:27 horas en movimiento 1.584 m. de ascenso

Galicia volvió a recibirnos como mejor sabe: cielo gris, llovizna fina y esa humedad que parece formar parte del paisaje.

Desayunamos tranquilamente en A Casa do Boi y, a las nueve de la mañana, comenzamos a pedalear.

La primera parte de la jornada transcurrió bajo una lluvia menuda que no llegaba a molestar, pero que se iba instalando en la ropa y nos acompañaba sin descanso. Los bosques, empapados y envueltos en niebla, tenían ese aspecto misterioso que hace que Galicia parezca estar siempre a medio camino entre la realidad y una película.

Rodamos por pistas en muy buen estado, alternando caminos y carreteras secundarias mientras enlazábamos distintos tramos del Camino y de las rutas EuroVelo 3. A medida que avanzábamos aparecía también otro de los grandes protagonistas de estas primeras horas: el peregrino.

Un continuo ir y venir de mochilas, bastones, capas de lluvia y saludos.

Nos cruzábamos con ellos constantemente. Ellos caminaban hacia Fisterra; nosotros avanzábamos sobre dos ruedas, pero compartíamos exactamente lo mismo: el espíritu de avanzar.

A partir de Cee, la lluvia decidió ponerse seria. Tanto que optamos por hacer algo que, cuando vas en bicicleta, a veces cuesta más que subir un puerto: parar. Esperamos casi dos horas, y fue una magnífica decisión. El paréntesis nos permitió compartir conversación con los integrantes de una hermandad sevillana. Gente humilde, con una organización de lo más curiosa y, sobre todo, con muchas ganas de disfrutar del Camino.

Hacia las seis de la tarde volvimos a subirnos a las bicicletas. Ya solo caía una ligera llovizna y, poco a poco, el cielo comenzó a abrirse.

Los últimos veinte kilómetros fueron un auténtico regalo. La lluvia desapareció, la temperatura se volvió perfecta y la tarde empezó a adquirir ese color especial que tienen algunas jornadas cuando, después de haberte hecho sufrir, el paisaje decide recompensarte.

La bajada desde Cee hacia Corcubión fue uno de esos momentos que se quedan grabados. Larga, rápida, espectacular. De las que obligan a concentrarse y, al mismo tiempo, permiten disfrutar de cada metro. Mis compañeros volaban sobre las bicicletas y, en más de una ocasión, pusieron a prueba su pericia y ese particular instinto de supervivencia que todos desarrollamos cuando la carretera se pone cuesta abajo.

Y entonces apareció Fisterra. Llegar aquí siempre tiene algo especial. Para nosotros era la segunda vez que alcanzábamos este lugar en este proyecto, pero la sensación volvió a ser la misma: una mezcla de satisfacción y extraña melancolía que produce llegar al supuesto fin del mundo.

Nos esperaba el Hotel Áncora, donde ya habíamos dormido en otra ocasión. Una habitación magnífica, una buena ducha y, después, una estupenda cena en el restaurante Os Tres Golpes. Pasear por las estrechas calles de Fisterra también tiene su encanto. A esas horas estaban bulliciosas, llenas de gente y de vida, hasta el punto de que sorprende encontrar tanta actividad en un lugar que, al menos para nosotros, siempre tiene algo de remoto.

La jornada estaba hecha. Ahora son las doce de la noche. Hemos pasado un buen rato charlando en el salón del hotel, repasando las anécdotas del día. Han vuelto a aparecer en la conversación pequeños momentos que, mientras suceden, parecen insignificantes, pero que terminan dando sentido a un viaje.

Hablamos de aquella charla con la pareja del  anciano chihuahua en Santa Mariña, mientras tomábamos algo en el albergue Casa Pepe. De la sorpresa de encontrar tan bien señalizado el trazado de la EuroVelo 3, algo que facilita muchísimo la orientación y que, sinceramente, no esperábamos encontrar con tanta claridad.

Y también ha salido la inquietante imagen que nos encontramos en Figueiroa: «Dumbría os espera. El Vákner acecha». Un mensaje que, rodeado de niebla y en mitad de aquel paisaje, tenía algo de amenazante. Casi parecía que en cualquier momento iba a aparecer ese personaje salido de alguna vieja leyenda.Son esas pequeñas escenas las que terminan construyendo el recuerdo de una jornada, son las que después regresan a la conversación cuando toca hacer balance del día.

El despertador ya está preparado. Las previsiones vuelven a anunciar lluvia. Si se cumplen, volveremos a ponernos el chubasquero. Si no, disfrutaremos del regalo. En cualquiera de los dos casos, seguiremos pedaleando.


Segunda etapa. Fisterra – Noia

4 de agosto de 2026 · 101 km 6:43 horas  en movimiento 1.500 m de ascenso.

Galicia volvió a despertarnos bajo un cielo completamente cubierto. La mañana comenzó con la oportunidad de disfrutar de un contundente bufé y de una agradable charla con el encantador dueño del hotel. Entre otras cosas, nos contó que había aprendido a montar en bicicleta en una del mismo color que Rosita. Una de esas pequeñas coincidencias que hacen especial un viaje.

Personas así nos hemos encontrado a patadas durante esta aventura: gente cercana, amable y siempre dispuesta a echar una mano, solucionar un problema o, simplemente, poner un poco más fácil el camino. Un trato exquisito que también forma parte de lo que uno se lleva de un viaje.

Montamos las bicicletas, hacemos unas fotos en la entrada del hotel y, casi por arte de magia, la llovizna desaparece. El día cambia por completo y despedimos Fisterra bajo una luz preciosa.

La ruta de hoy, diseñada por Iván, mezclaba algunos tramos propios con la EuroVelo 1, que recorreríamos en sentido contrario.

Los primeros kilómetros tuvieron, además, un componente humano muy curioso. Pedaleábamos en dirección contraria al Camino de Santiago hacia Fisterra y nos cruzábamos con una auténtica riada de peregrinos que, procedentes del Camino Portugués, daban por terminada su travesía. Durante un buen rato no dejamos de intercambiar saludos, sonrisas y palabras de ánimo. Es curioso cómo una bicicleta puede convertir a un desconocido en alguien con quien compartir, durante unos segundos, una pequeña complicidad. Las imágenes de la playa de Lagosteira con peregrinos pasando por la orilla sería una de las más bonitas del día.

Salimos por la tranquila AC-445, que nos llevó junto a algunas de las bonitas playas de la zona, como Restreio y Estorbe, para pasar después por A Amarela y alcanzar Corcubión. Desde allí continuamos disfrutando de la costa por la AC-550, que nos condujo hasta uno de los lugares más singulares de la jornada: la cascada de Ézaro.

Allí descubrimos que son las aguas del río Xallas las que se precipitan directamente al mar, a escasos metros de la costa. Es un lugar muy turístico, pero lo teníamos marcado en nuestra hoja de ruta y, una vez allí, comprobamos que la visita merecía la pena.

Fue precisamente al abandonar Ézaro cuando comenzó uno de los tramos más exigentes del día. La EuroVelo 1 nos llevó hacia el monte Pindo, conocido como el Olimpo Celta o la montaña sagrada de Galicia. La niebla se había cerrado por completo y la humedad lo envolvía todo. Nos adentramos en un paisaje granítico, modelado durante siglos por la erosión hasta crear formas caprichosas que la tradición ha convertido en morada de espíritus, antiguos druidas y héroes celtas.

El silencio del bosque, el olor a tierra mojada y aquella niebla que apenas dejaba ver unos metros por delante hicieron que viviéramos un momento muy especial. Eso sí, la magia del lugar venía acompañada de unos desniveles que nos obligaron a estrujar bastante más los músculos de lo que teníamos previsto.

Durante un buen rato tuvimos la sensación de estar completamente aislados del mundo. Solo nosotros, las bicicletas y aquel paisaje suspendido entre la niebla.

La recompensa llegó en forma de una larga y emocionante bajada que, como siempre, nos hizo disfrutar y mirar el paisaje de otra manera. A medida que perdíamos altura, la niebla comenzó a disiparse y el sol volvió a acompañarnos con una temperatura mucho más agradable.

La EuroVelo 1 seguía dándonos sorpresas y otra de ellas llegó en Lira, donde prácticamente nos vimos obligados a parar ante la presencia de su impresionante hórreo, de más de 36 metros de longitud, que nos daba la bienvenida al municipio de Carnota. Una de esas construcciones que, por tamaño y por historia, hacen difícil pasar de largo.

Siguiendo el trazado de la ruta llegamos hasta el entorno del faro de Lariño, también conocido como faro de Punta Ínsua. Allí tuvimos tiempo para rodearlo y detenernos a disfrutar de unas magníficas vistas sobre la costa. Su privilegiada ubicación, en la entrada del arco de Fisterra y de la ría de Corcubión, lo convierte en uno de esos lugares que invitan, casi sin querer, a detener la marcha y simplemente mirar. Así que, parada obligada.

Poco después hicimos otra pausa en O Leiradal, un bar en el que despachamos unos bocadillos de calamares y unos helados mientras disfrutábamos del sol del mediodía y de una tranquila charla. Con las fuerzas recuperadas, reanudamos la marcha.

Seguimos rigurosamente el recorrido de la EuroVelo 1, rodeando la ría por pistas y carreteras secundarias que nos llevaron por Louro, Muros y Solleiros, además de acercarnos a tranquilas playas como Arnela, Corveira y Porto Siavo, entre muchas otras.

Pero hubo un lugar donde volvimos a detenernos: el Estaleiro do Ciprián, un antiguo astillero convertido en museo de la carpintería de ribera. Nuestro interés por conocer la idiosincrasia de los lugares por los que pasamos y descubrir espacios tan bien conservados hizo inevitable la parada. Conversamos con el encargado del museo y disfrutamos de todo lo que aquel pequeño espacio tenía que ofrecernos.

La tarde terminó de abrirse y un sol radiante nos acompañó hasta Noia. Los últimos kilometros transcurrieron por una zona de pinares muy divertida de circular con algunas raices que nos invitaron a jugar con algun que otro  pie a tierra. Fue acabar la senda y meternos de lleno en un bullicioso Noia que recorrimos en su totalidad antes de encontrar nuestro alojamiento en la bulliciosa carretera AC-550. Esa noche descansamos en el Hostal Costiña, un establecimiento sencillo y cómodo, perfecto para recuperar fuerzas después de una jornada larga.

Y, como empieza a ser costumbre, el día terminó alrededor de una buena mesa. Una cena divertida, la alegría de volver a conversar  con Juan —un chico con distintas capacidades que recibió feliz el bote de bicicleta que le regalamos— y una conversación que se alargó mucho más de lo previsto.Porque, afortunadamente, también hay vida cuando nos bajamos de la bicicleta.


Tercera etapa. Noia – Ribeira

5 de agosto de 2026 · 69 km 4:45 horas  en movimiento 1.030 m de ascenso.

Ya tocaba. Cielo azul. Sol desde primera hora. Galicia también sabe vestirse de verano. La mañana comenzó con calma. Tuvimos que esperar hasta las diez para que Juan y su familia nos abrieran el garaje donde guardábamos las bicicletas. Una espera que, lejos de molestarnos, nos permitió desayunar tranquilamente, disfrutando de un bufet con mucho encanto.

El alojamiento era un modesto hostal de dos estrellas, con cierto aire decadente, de esos lugares que parecen haber conocido tiempos mejores. Sin embargo, nos dejará para siempre un recuerdo gastronómico difícil de olvidar y, sobre todo, la sensación de haber rozado una Galicia que conserva intacto un profundo sentimiento de pertenencia. Una tierra especial, orgullosa de lo suyo y de su manera de vivir.

Hoy tocaba costa. Mucha costa. La ruta que había preparado Iván, combinando tramos propios con la EuroVelo 1, terminó convirtiéndose, casi sin darnos cuenta, en el día de las playas.

La luz de la mañana nos regaló unas vistas preciosas de la playa de Concharra. En la playa de Boa apenas nos detuvimos, aunque más adelante, al llegar a Porto do Son, conoceríamos una historia que nos llamó especialmente la atención: la de Manoliño, un conocido delfín solitario que durante años frecuentó las costas gallegas, especialmente las rías de Muros y Noia. Se acercaba a los bañistas y a las embarcaciones y terminó convirtiéndose en todo un personaje. Su historia acabó tristemente en 2025.

En Porto do Son nos hablarían también de lo habitual que resulta encontrarse con delfines en estas rías. El mar, una vez más, nos recordaba que aquí no es simplemente paisaje: forma parte de la vida cotidiana.

Y qué decir de la playa de A Batuda. Llegamos hasta ella atravesando un bosque espectacular y allí nos quedamos prácticamente extasiados contemplando las embarcaciones que, muy cerca de la costa, faenaban en busca de navajas y otros bivalvos.

El momento merecía una reflexión. No era la primera vez que contemplábamos el duro trabajo de los pescadores y no pudimos evitar comentarlo: mientras nosotros pasábamos por allí durante unas horas, para muchos de ellos aquello no era una excursión ni una experiencia. Era, sencillamente, su vida.

La EuroVelo 1 volvió a demostrar que no es precisamente una ruta que regale kilómetros. Hubo pistas exigentes, algún tramo duro y más de una subida que nos hizo recordar que estamos aquí para pedalear, no para hacer turismo en bicicleta.

Pero todo tenía su recompensa: carreteras secundarias, poco tráfico y el mar acompañándonos durante prácticamente toda la jornada.

Otro de los puntos señalados en nuestra ruta era el Castro de Baroña y el puente medieval de Xuño. Para llegar a ambos tuvimos que desviarnos ligeramente. Baroña estaba repleta de turistas; en cambio, en el puente medieval nos encontramos en la más absoluta soledad.

Y allí apareció otro pequeño desafío: cruzarlo con las bicicletas a cuestas.—Uff, ¡qué peligro!

Llegó el mediodía y tocaba parar. Había que vivir un poco la vida de los bares gallegos. En estos lugares no resulta difícil encontrar una tortilla de patata de verdad o un bocadillo de calamares de los de siempre. Comida sencilla, contundente y sin demasiadas pretensiones. Justo lo que necesitábamos.

Pero sabíamos que después nos esperaba la posibilidad de subir al Monte Tahúme. Sería la subida del día.

El Monte Tahúme, de apenas 250 metros de altitud, se encuentra en un punto que sirve de límite entre el municipio de Porto do Son y el vecino de Ribeira. Desde su mirador pudimos contemplar buena parte de la costa y de las rías gallegas, con las islas de Ons, Cíes y Sálvora hacia el sur y, hacia el norte, las rías de la zona media de Galicia, llegando incluso a distinguir el cabo de Fisterra.

Fue uno de los grandes momentos del día.

Dejamos las bicicletas y subimos a pie hasta la llamativa cruz que marca la cima. Unos minutos de conversación, unas fotografías y ese silencio que aparece cuando uno se detiene a mirar lo que tiene delante. Después, tocaba bajar.

La carretera, perfectamente asfaltada, nos regaló fuertes pendientes y una bajada que nos dejó un magnífico sabor de boca. Poco después hicimos una parada obligatoria en la capilla de San Bieito, un pequeño lugar de paz que además cuenta con una buena fuente.

Había que repostar. El día estaba siendo caluroso y ya íbamos por la cuarta sudada.

En pocos minutos, aquel faro que veíamos a lo lejos se convirtió en nuestro compañero de viaje. Estábamos en el faro de Corrubedo.

Lo rodeamos, tuvimos ocasión de observar a los percebeiros rematando su faena y nos detuvimos a leer la cartelería. Descubrimos que el faro fue diseñado por Celedonio de Uribe e inaugurado el 20 de febrero de 1854. Se construyó para guiar a los barcos por una costa especialmente peligrosa y su historia está marcada por curiosas confusiones lumínicas, su presencia en la Exposición Universal de París y varias tragedias marítimas.

También descubrimos su curioso apodo: el faro comunista, debido al color rojo que tuvo su luz durante una época.

Continuamos el viaje y seguimos sorprendiéndonos con lo que Galicia nos iba poniendo delante. Primero, el impresionante complejo litoral de Corrubedo. Después, unas vistas maravillosas de la ría de Arousa.

Nos detuvimos en la playa de Furna. Aquel chiringuito, la música y una estrella de Galicia nos lo pusieron demasiado fácil. El baño de Iván en las aguas del Atlántico era inevitable.

Y también era inevitable continuar hasta Ribeira con cierta prudencia, porque las cervezas y el estómago vacío no suelen ser buenas compañeras de bicicleta.

Cae la tarde y llegamos a Ribeira. Una buena cena en el Mesón A Bodega puso el punto final a otro día redondo. Ahora escribo estas líneas desde la habitación, ya de noche. Estoy solo .Repaso mentalmente todo lo que hemos vivido. Quizá también con alguna copa de más, lo suficiente para que los recuerdos aparezcan acompañados de una sonrisa.

Mañana será la última etapa. Nos espera Santiago. Y aunque  quedan más de cien kilómetros, empiezo a tener esa sensación extraña que aparece cuando sabes que algo está llegando a su final. Todavía queda camino. Pero el viaje ya empieza a despedirse.

Cuarta y última etapa. Ribeira – Santiago – A Casa do Boi

6 de agosto de 2026 · 108 km 7:12 horas  en movimiento 1.652 m de ascenso.

Toda aventura llega a su final. Y la nuestra lo hacía con la etapa más larga y, probablemente, una de las más exigentes de todo el viaje.

La jornada estaba claramente dividida en dos partes. Hasta Rianxo seguiríamos bordeando la ría de Arousa, disfrutando de la costa y de algunos de los paisajes que nos habían acompañado durante los últimos días. Después abandonaríamos el litoral para dirigirnos hacia Brión, A Aldea de Abaixo y Padrón, donde enlazaríamos con el Camino Portugués que nos llevaría hasta Santiago de Compostela. Y todavía nos quedaría un último tramo: regresar a A Casa do Boi, nuestro punto de partida.

El calor apareció desde primera hora y no nos dio tregua durante prácticamente toda la jornada. A estas alturas ya llevábamos muchos kilómetros acumulados y las piernas empezaban a recordárnoslo. Pero también sabíamos que estábamos ante los últimos kilómetros del viaje, y eso siempre proporciona una energía especial.

Comenzamos siguiendo de nuevo la costa y distintos tramos de la EuroVelo 1. Playas, pequeñas calas, miradores y pueblos se sucedían mientras el paisaje cambiaba continuamente, aunque el mar seguía siendo nuestro compañero inseparable.

Esta vez, además, el mar no solo estaba presente en el paisaje. También estaba en el aire.

A medida que atravesábamos zonas próximas a las conserveras y a la industria del mejillón, el olor cambiaba. Era fuerte, intenso y muy particular. Un olor que te recordaba inmediatamente que aquí el mar no es un decorado: es una forma de vida.

Las bateas aparecían por todas partes, ocupando la ría hasta donde alcanzaba la vista. Barcos, fábricas, puertos, lonjas y mejilloneras componían un paisaje que explicaba, sin necesidad de palabras, la importancia económica y social del mar en esta tierra. La ría de Arousa es otra historia.

Algunos puertos nos sorprendieron especialmente por su tamaño y por la actividad que concentraban. Caramiñal, Esteiro y O Cabo da Cruz son buenos ejemplos. Muy diferentes de los pequeños puertos pesqueros que conocemos en Asturias, aquí se percibe con claridad hasta qué punto el mar continúa siendo motor económico y forma de vida para muchas familias.

En Rianxo coincidimos además con sus fiestas. Y aquella parada nos dejó un sabor especialmente agradable. La generosidad y el cariño con que nos recibieron volvieron a recordarnos una de las cosas bonitas de viajar en agosto: encontrarse con los pueblos en fiestas y con ese sabor auténtico que aparece cuando sus habitantes salen a la calle, se visten con sus mejores galas y disfrutan de la música y de la compañía de familiares y amigos.

Continuamos hacia Padrón, aunque antes hicimos una parada que tenía poco de improvisada: unos excelentes mejillones al vapor, acompañados por el sonido de unos gaiteros que amenizaban el momento. Porque cuando uno viaja en bicicleta también aprende que la gastronomía forma parte de la ruta.

Después llegó uno de los tramos más agradables de la jornada. Un carril bici largo, bien asfaltado y prácticamente interminable nos permitió avanzar con comodidad mientras el calor seguía apretando. Velocidad, conversación y kilómetros que pasaban casi sin darnos cuenta. Una combinación perfecta para disfrutar de las últimas pedaladas junto al mar.

Padrón nos esperaba con otra parada obligatoria. Los pimientos. Después de tantos kilómetros, uno también tiene derecho a tomarse en serio la gastronomía.

La comida, sin embargo, tuvo su precio. El calor y el cansancio habían hecho mella, y levantarse de la mesa para continuar no resultó sencillo. Pero ya puestos, había que seguir.

Desde allí comenzamos la segunda parte de la etapa. Dejábamos atrás definitivamente la costa para enlazar con el Camino Portugués hacia Santiago.

El cambio fue inmediato. Volvieron a aparecer los peregrinos, las conversaciones fáciles, los saludos y las sonrisas. Esa curiosa camaradería que surge en los caminos y que hace que, aunque cada uno avance a su manera, todos tengamos la sensación de compartir el mismo destino.

Primero tuvimos que enfrentarnos a algunos tramos de carretera general y a unas cuantas subidas que nos obligaron a apretar los dientes. El calor seguía sin dar tregua, las piernas acumulaban kilómetros y el final empezaba a estar cada vez más cerca.


Pero  llegó la recompensa.

Las pistas estaban en muy buen estado, la pendiente era suave y el recorrido se convirtió en una sucesión de kilómetros cómodos y rápidos. Volvimos a disfrutar de la conversación y de esa sensación tan agradable de avanzar sin mirar demasiado el gps.

Y entonces apareció Santiago de Compostela. La llegada a Santiago siempre emociona. Da igual las veces que hayas estado. Hay algo especial en alcanzar la plaza del Obradoiro y sentarse unos minutos, simplemente a observar.

Allí confluyen todas las historias. Un sinfín de nacionalidades, peregrinos que llegan exhaustos, familias, grupos de amigos, bicicletas, mochilas y personas que, durante unos minutos, comparten el mismo espacio después de haber recorrido caminos muy diferentes.


Y, por supuesto, llegó la cerveza de rigor. Ese fue también el momento de dejar de mirar hacia delante y comenzar a mirar hacia atrás. Cuatro días. 350 kilómetros. Lluvia, sol, bosques, playas, puertos, peregrinos, bateas, cervezas y muchas conversaciones. Y, por encima de todo, muchas horas compartidas gracias a nuestras queridas bicicletas.

Pero todavía no habíamos terminado. Nos quedaban los kilómetros hasta A Casa do Boi. Y, curiosamente,  acabarían siendo de los más mágicos de todo el viaje.

Salimos de Santiago ya entrada la tarde. La luz de las ocho se filtraba entre los árboles del bosque y dibujaba un escenario particular. De esas escenas que, mientras las estás viviendo, ya sabes que algún día recordarás.

Al llegar, una ducha fue suficiente para devolvernos la vida. Después nos esperaba una magnífica cena en casa de Luis y Teresa, junto a su familia. Una mesa, buena comida, una larga conversación y, sobre todo, la alegría de encontrarnos en un lugar lleno de paz y de buenos sentimientos.

Nunca me cansaré de sentirme afortunado cuando alguien me abre las puertas de su casa y me ofrece una hospitalidad capaz de hacerte sentir como si estuvieras en la tuya. Hay gestos que no aparecen en ninguna guía de viajes y que, sin embargo, terminan formando parte de los mejores recuerdos.

Mientras cenábamos, tuve la sensación de que estábamos cerrando algo que había comenzado unos días antes con bastantes dudas y que ahora terminaba de una manera que difícilmente podríamos haber imaginado.

Regresamos al albergue cerca de las once y media de la noche. Y allí nos esperaba otro pequeño lujo que agradecimos especialmente: tranquilidad... y muy buen olor.

La aventura había terminado.

O quizá no. Porque aquella última noche, mientras el cansancio empezaba a vencernos, las conversaciones ya empezaban a llevarnos hacia otro lugar. A pensar en nuevas rutas, nuevos caminos y nuevos viajes.

Así que, como suele ocurrir cuando un viaje ha merecido la pena, no tardamos demasiado en empezar a preparar el siguiente.



Epílogo. La etapa que no aparece en ningún mapa

A la mañana siguiente recogimos nuestras cosas. Las bicicletas ya estaban preparadas y el equipaje volvía a ocupar su sitio en el coche. Todo estaba listo para regresar a Gijón y, sin embargo, nadie parecía tener demasiada prisa.

Quizá porque sabíamos que todavía quedaba una última etapa. Una etapa que no aparece en ningún mapa, que no tiene kilómetros ni desnivel y que comienza precisamente cuando ya no hay que pedalear.

El desayuno de aquella mañana tuvo algo especial. Por primera vez en cuatro días nos sentamos a la mesa sin pensar en la ruta, en las previsiones meteorológicas, en qué dirección tomar, dónde pararíamos a comer o qué subida nos esperaba después. La ruta estaba terminada.


Solo quedaba recoger, cargar las bicicletas, cerrar el coche y volver a casa. Pero lo hicimos sin demasiada prisa. Porque generalmente los  viajes  no terminan cuando llegas al destino. Ni siquiera cuando guardas la bicicleta. Terminan mucho después, cuando empiezan a convertirse en recuerdos.

Cuando aparece una fotografía en el teléfono y vuelves de repente a aquel bosque. Cuando recuerdas la lluvia de la primera mañana. La bajada hacia Corcubión. La niebla entre los árboles. Las playas de Corrubedo. Los pimientos de Padrón. Una cerveza al final de la tarde. O aquella conversación cualquiera mantenida encima de la bicicleta mientras los kilómetros iban pasando.


Eso es lo que realmente nos llevamos. No solo los 350 kilómetros ni los 4.000 metros de desnivel acumulado. Nos llevamos algo mucho más difícil de medir: la suma de todos esos pequeños momentos que terminan dando sentido al viaje.

Las esperas. Las risas. Las decisiones improvisadas. Los silencios. Las cervezas. El cansancio. Las fotografías. Las conversaciones. Y, sobre todo, la compañía.

Porque viajar en bicicleta tiene algo que otros viajes no tienen. La distancia no se recorre de golpe. Se construye pedalada a pedalada. Y en ese tiempo lento aparecen cosas que, cuando viajamos deprisa, suelen pasar desapercibidas.


Un olor. Una conversación. Una mirada. Un paisaje. Una persona trabajando. Una playa en la que decides parar. Una subida que maldices. Una bajada que disfrutas. Una mesa alrededor de la que acabas el día.

Y también esos pequeños errores de navegación, esos contratiempos que sobre el papel parecen un problema y que, cuando somos un equipo, terminan resolviéndose casi sin importancia. Porque quizá una de las cosas que más valoramos de viajar juntos sea precisamente esa: saber que siempre hay alguien al lado dispuesto a buscar una solución.

Eso también es viajar.Y eso es lo que ha sido esta pequeña aventura por Galicia.

Cuatro días. Tres amigos. Tres bicicletas. 350 kilómetros. Y una cantidad imposible de recuerdos.


Galicia volvía a quedarse atrás y nosotros poníamos rumbo a Gijón. Pero mientras el coche avanzaba, resultaba difícil tener la sensación de que todo aquello había terminado. Porque una parte de nosotros todavía seguía allí.

En algún lugar entre Fisterra y Santiago. Pedaleando despacio. Mirando el mar. Saludando a un peregrino. Buscando la siguiente curva. Recordando una conversación. O simplemente disfrutando de la compañía.


Quizá esa sea la mejor manera de terminar un viaje: no sintiendo que lo hemos dejado atrás, sino sabiendo que ahora forma parte de nosotros. Porque algunos viajes terminan cuando llegas. Otros terminan cuando guardas la bicicleta.Y hay unos pocos que empiezan precisamente entonces: cuando dejan de ser una ruta para convertirse en una historia que contar, en fotografías que volver a mirar y en recuerdos que, con el tiempo, seguirán sacándonos una sonrisa.

Este viaje ha terminado. Pero ahora empieza lo mejor: recordarlo.



Track de las etapas. Por si te apetece hacer algo parecido a lo que has leído.

Primera etapa. A casa do boi-Fisterra

3 de agosto de 2026 · 77 km 5:27 horas en movimiento 1.584 m. de ascenso

Segunda etapa. Fisterra – Noia

4 de agosto de 2026 · 101 km 6:43 horas  en movimiento 1.500 m de ascenso.

Tercera etapa. Noia – Ribeira

5 de agosto de 2026 · 69 km 4:45 horas  en movimiento 1.030 m de ascenso.

Cuarta y última etapa. Ribeira – Santiago – A Casa do Boi

6 de agosto de 2026 · 108 km 7:12 horas  en movimiento 1.652 m de ascenso.





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