Ir al contenido principal

Una parada ocasional me ha resuelto más de lo que esperaba

 


Una parada ocasional me ha resuelto más de lo que esperaba

Hay momentos en los que el cuerpo te obliga a parar. No avisa, no negocia; simplemente te frena. En mi caso fueron 52 días sin coger la bicicleta. Un golpe, una costilla rota y tres fisuras me obligaron a bajar el ritmo de golpe y a aceptar algo que a muchos nos cuesta más de lo que queremos reconocer: parar.

No han sido días fáciles. Cuando estás acostumbrado a salir, a rodar, a sentir esa libertad que te da la bici, el parón pesa. Se hace largo. Incluso desespera a ratos. Pero con el paso de los días empiezas a darte cuenta de algo curioso: el tiempo sigue estando lleno de cosas buenas, aunque cambies la manera de vivirlo.
He paseado más, y lo he hecho sin prisa. He hecho planes sencillos, de esos que normalmente dejas para “otro día”. He estado más presente en lo cotidiano, en detalles que antes pasaban desapercibidos. Son cosas pequeñas, sí, pero también llenan. Y en ese ritmo más lento descubres otra forma de disfrutar, más pausada, más consciente.
Porque, aunque no lo elijas, a veces hace falta parar. No por ganas, sino porque es el momento. Y aunque al principio cuesta aceptarlo, con el tiempo entiendes que también forma parte del camino. Te enseña que no todo es ir rápido, ni sumar kilómetros, ni cumplir objetivos.
Pero la bici… la bici siempre está ahí, esperando.

Llega el día 53. Suena el móvil. La grupeta. Una propuesta sencilla: buena compañía y unos kilómetros juntos. No hace falta pensarlo demasiado. Sabes que no estás para heroicidades, pero también sabes que no es solo la bici lo que te llama.

Además, esta vez había algo especial: la oportunidad de descubrir la Virginiana. Una de esas rutas que según parece es muy famosa por el norte de Leon. La casualidad —o un cúmulo de buenas circunstancias— hacía que el punto de salida estuviera a unos 100 kilómetros de Gijón. Más que un inconveniente, se convirtió en la excusa perfecta: salir con calma, parar a desayunar de camino y, al terminar, cerrar el día con algo tranquilo, alargando la conversación y las sensaciones vividas.

No pude decir que no. Sabía, además, que iba bien acompañado. Que mis compañeros me lo pondrían fácil, que adaptarían el ritmo si hacía falta, que esperarían sin problema. Y eso, en momentos así, lo cambia todo.

Al final no fueron 100 kilómetros. Fueron 60. A un ritmo tranquilo, con alguna molestia, con el cuerpo todavía recordando la caída y con el sillín haciéndose notar más de la cuenta. Pero también hubo risas, conversación y esa sensación difícil de explicar de estar exactamente donde quieres estar.

Porque montar en bici nunca ha sido solo pedalear.
Es saber que te van a esperar si lo necesitas.
Es sentir que alguien va pendiente de ti.
Es compartir el esfuerzo… y también el café después.
Volver así, acompañado, lo cambia todo.
Regresas con cuidado, escuchando al cuerpo, sin forzar. Pero con una idea muy clara: lo importante no era la distancia, ni el ritmo, ni los números.
Era volver.
Y recordar por qué lo haces.
Por la compañía.
Por la amistad.
Por esos momentos que, aunque pasen rápido, se quedan mucho tiempo.
A veces, una parada obligatoria no es una pérdida.
Es justo lo que necesitabas para valorar todo lo demás.



Comentarios

  1. Acabo de volver a ver tu blog despues de un tiempo y muy bueno como siempre. Cuidate y poco a poco.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mil.gracias querido anónimo. Seguiremos contando lo que nos encontramos en el camino

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Fin de Cuarentena

Amanecer y atardecer de un 4 de mayo. Esta es la última pagina del diario de la cuarentena. El aire nos da en la cara mientras nos desplazamos por nuestra cuidad. Disfrutaremos de nuestra reducida cuota de libertad y aprenderemos de lo sufrido, de lo padecido y de lo vivido. La ventana se ha cerrado y el teleobjetivo descansa en la estantería. La tarjeta de memoria está llena y descargaré esos trocitos de vida, poco a poco,en próximas entregas. Ha sido un tiempo difícil, del que hemos aprendido muchas cosas. Este cruce de caminos nos ha enseñado lo mejor de los que por aquí pasaron. Un barrio lleno de inseguridades, cosmopolita, multiracial y muy amable. Se nos han quedado muchas cosas en el tintero pero tenemos buena memoria y el tiempo que nos administran nuestras autoridades, lo utilizaremos para estos menesteres. De momento respiremos el aire limpio que nos ha dejado esta desconcertante pandemia.
 VOLVEMOS, AHORA CON MÁS EXPERIENCIA PERO CON LAS MISMAS GANAS Después de tanto tiempo, algo se ha despertado. Vuelve esa necesidad de escribir con calma, de alargar las frases para aclarar las ideas, de darles espacio para respirar. Y, sin darme cuenta, me veo retomando aquel bloq que nació en 2008 y que solo la pandemia consiguió detener. Cuando miro atrás, descubro que aquí guardo una parte importante de mi historia: mis inquietudes, mis viajes, mis rutinas, mis descubrimientos. Escribir era una forma de entenderme y, al mismo tiempo, de divertirme. Ahora, al releerlo, me invade una mezcla de orgullo y añoranza. Por eso regreso. Porque me apetece. Porque me suma. Y porque ciertas cosas, cuando vuelven a picar, es mejor no dejarlas pasar. Aquí empieza otra etapa, con la misma ilusión de siempre y con más ganas de contar que nunca. Y, claro, entre medias han pasado muchas cosas. Más de una bicicleta, más amores, más formas de mirar el mundo. También una manera distinta de viajar. ...

Weekwed en Cantabria. Territorio Cabañas & Estacas

Pedales con Memoria: cuando la montaña te devuelve lo que eres Hay rutas que se vuelven especiales. No por los kilómetros ni por el desnivel, sino por lo que te remueven por dentro. Esta nació de algo muy simple: las ganas de volver. Volver a aquella salida a la que Israel creador de Cabañas y Estacas  ( ruta de bikepacking por Cantabria) nos invitó en 2024 y que, sin exagerar, nos dejó huella. De esas que no se borran ni aunque pase el tiempo, ni aunque las piernas ya no respondan como antes. Hace un par de meses lancé el anzuelo a unos cuantos amigos. De los de siempre. De los que ya no necesitan presentación. Gente con muchas batallas en las piernas… y aún más historias en la cabeza. Al final nos juntamos diez bocilovers, cada uno de su padre y de su madre, pero con algo muy claro en común: pasión por la montaña y por exprimir la vida desde el sillín todo lo posible… y un poco más, si se tercia.   El parque móvil era para echarle un rato: dobles de BTT de última generación...