Gran parte del recorrido coincide con el Camino de Santiago Portugués, lo que añade un atractivo especial al viaje. Esto nos permitirá apoyarnos en la extensa red de albergues que existe en Portugal y, al mismo tiempo, compartir camino con peregrinos llegados de muchos lugares. Esos encuentros, las conversaciones improvisadas al final de la jornada y las pequeñas historias que cada viajero trae consigo forman parte de la esencia de este tipo de rutas y enriquecen la experiencia mucho más allá de los kilómetros recorridos.
Pero el planteamiento de la aventura guarda todavía otro ingrediente que despierta especialmente el interés de los tres integrantes de la expedición. El regreso hasta Caminha lo realizaremos utilizando la red ferroviaria portuguesa, lo que añade un componente logístico diferente al viaje. Sin embargo, la verdadera exigencia llegará después: una vez allí, tendremos que completar todo el regreso en un solo día.
Entre los casi 400 kilómetros de ruta y la posterior vuelta en coche hasta Gijón, la jornada promete ser larga e intensa. No habrá demasiado margen para la improvisación. Por cuestiones de trabajo, el viaje está organizado con una precisión casi milimétrica, lo que nos obliga a ajustar tiempos y etapas con cuidado. Esa mezcla de planificación rigurosa y espíritu de aventura es, precisamente, lo que hace que el plan resulte tan atractivo. Porque al final, más allá de los mapas y los horarios, lo que buscamos es lo de siempre: sumar kilómetros, historias y recuerdos junto al mar.
La ruta comenzará después de un viaje por carretera de cinco horas desde Gijón, cerca de 600 kilómetros hasta el punto de inicio. Hemos revisado las previsiones meteorológicas y todo apunta a días de calor y buen tiempo, condiciones ideales para pedalear junto al Atlántico. La decisión de realizar el recorrido de norte a sur también tiene su lógica: en esta época del año los vientos dominantes suelen soplar a favor, lo que puede convertirse en un aliado silencioso a lo largo de la travesía.
En cuanto al perfil del terreno, el desnivel de esta primera jornada es mínimo para lo que estamos acostumbrados. Apenas superará los 200 metros positivos, ya que el trazado avanza prácticamente pegado a la costa. Durante el recorrido atravesaremos localidades importantes como Âncora, Viana do Castelo, Esposende, Apúlia, Aguçadoura,(destacan los vestigios de molinos de piedra) para terminar la etapa en la animada Póvoa de Varzim. Pero precisamente por la sencillez del perfil tendremos tiempo para detenernos, disfrutar de las impresionantes playas atlánticas, recorrer pueblos que en pleno verano viven sus fiestas y, por supuesto, saborear con calma la magnífica gastronomía portuguesa.
Desde el punto de vista técnico, esta primera etapa no presenta grandes dificultades. Comenzaremos rodando por la Ecovía Litoral Norte, donde durante muchos kilómetros nos acompañará el característico sonido de las ruedas sobre las pasarelas de madera que serpentean entre dunas y marismas. También encontraremos pistas de grava en muy buen estado, muy agradables para rodar con bicicletas de gravel. La única dificultad puntual aparecerá en algunos tramos de arena, especialmente cuando el itinerario se acerca demasiado a las zonas de playa.
La navegación, sin embargo, nos dejó una situación curiosa y hasta divertida. Como es habitual en nuestras rutas, el recorrido lo había diseñado Iván, siguiendo con bastante precisión el trazado oficial de la EuroVelo 1… pero en sentido contrario. Ese pequeño detalle provoca que, en algunas ciudades y zonas urbanizadas, el track nos envíe con frecuencia por calles de dirección prohibida. En esos momentos no queda otra que levantar la vista del GPS y confiar un poco en la intuición para encontrar la salida correcta de las zonas urbanas.
De todos modos, los tracks que compartiré al final del texto pueden resultar útiles si alguien decide realizar esta ruta. Más que una guía rígida, son una buena referencia para orientarse y, sobre todo, para animarse a descubrir uno de los tramos más agradables del litoral portugués para recorrer en bicicleta.
La primera jornada llegará a su fin en Póvoa de Varzim, donde pasaremos la noche en la Pousada de Juventude de Vila do Conde. El edificio, un pequeño palacete de estilo románico restaurado recientemente, nos sorprendió desde el primer momento. Tras su renovación en 2021, el lugar luce prácticamente nuevo y ofrece un final de etapa realmente agradable después de una larga jornada sobre la bicicleta.
Nada más llegar tuvimos una pequeña duda que siempre aparece en este tipo de viajes: ¿dónde dejar las bicicletas? En nuestro caso tuvieron que quedarse en el aparca bicis situado frente a la recepción. Al principio nos generó cierta inquietud, pero el personal nos aseguró que la zona estaba vigilada en todo momento. Finalmente decidimos confiar y disfrutar del lugar, algo que, visto con perspectiva, mereció completamente la pena.
El encanto del edificio, la tranquilidad del entorno y la sensación de descanso después de los kilómetros acumulados hicieron que el final de la jornada tuviera un sabor especial. Fue uno de esos momentos en los que el viaje se pausa por unas horas y permite saborear con calma todo lo vivido durante el día.
Además, esta primera etapa ya nos estaba mostrando una Portugal que no esperábamos encontrar. Un país especialmente amable con quienes viajamos en bicicleta, con infraestructuras cuidadas, respeto hacia el ciclista y una actitud muy abierta y hospitalaria hacia el viajero. Esa mezcla de cercanía y facilidad para moverse por su territorio convierte el país en un destino perfecto para aventuras de este tipo.
Y, por supuesto, está su gastronomía, que merece mención aparte. Las cenas al final de cada jornada se convirtieron rápidamente en otro de los grandes placeres del viaje: mesas tranquilas, platos llenos de sabor y ese ambiente relajado que invita a alargar la conversación mientras repasamos lo vivido durante el día y empezamos a imaginar lo que vendrá en la siguiente etapa.
La jornada se presentaba llena de alicientes. Nos esperaban más de 130 kilómetros, pero con un desnivel casi simbólico: apenas unos 140 metros positivos. Para quienes estamos acostumbrados a pedalear entre los puertos y las montañas de Asturias, aquello parecía poco menos que un paseo.Los primeros veinte kilómetros discurren por la senda litoral, un tramo precioso que avanza paralelo al océano y que nos lleva pasando por una sucesión de playas: Árvore, Congreira, Labruge, Agudela, Azul…. Kilómetro a kilómetro se va mostrando un paisaje en el que conviven dos mundos distintos. Por un lado, el de los turistas que disfrutan del verano atlántico; por otro, el de los habitantes de la zona, profundamente ligado al mar y a la actividad pesquera. En algunos puntos nos detenemos a observar la vida cotidiana de estos pequeños pueblos costeros e incluso a curiosear en algún museo local donde el olor a salitre y las historias de trabajo duro siguen muy presentes.
A media mañana llegamos a Oporto, una ciudad que decidimos recorrer pegados a la desembocadura del río Duero. La entrada resulta sorprendentemente sencilla gracias a un carril bici que nos conduce prácticamente hasta el corazón de la ciudad. A partir de ahí comienza otra historia: el tráfico es caótico, muy vivo, pero curiosamente no llega a resultar incómodo para moverse en bicicleta.
Nos acercamos hasta la estación de tren, cuya arquitectura impresiona por su majestuosidad. Poco después, ya en la parte alta de la ciudad y aprovechando que es la hora de comer, decidimos darnos un pequeño homenaje en Casa Guedes. Allí probamos su famoso bocadillo de pernil, elaborado con carne de cerdo asada, servido con queso Serra da Estrela fundido y cebolla. Un bocado contundente y delicioso que muchos consideran uno de los mejores bocadillos de Portugal.
La visita a la ciudad termina cruzando uno de los numerosos puentes que salvan el Duero. Pasamos así a la ribera sur para atravesar Vila Nova de Gaia, uno de los lugares más turísticos de Oporto, conocido por albergar las célebres bodegas de vino de Oporto.
Cuando dejamos atrás la ciudad es mediodía y apenas llevamos 40 kilómetros recorridos. Todavía nos quedan cerca de 100 kilómetros hasta nuestro destino final. Sin embargo, el resto de la jornada nos regala algo que en Asturias pocas veces podemos disfrutar: kilómetros y kilómetros completamente llanos. El terreno se vuelve amable, las poblaciones aparecen más espaciadas y el pedaleo se vuelve fluido, casi hipnótico, permitiéndonos avanzar con muy poco esfuerzo.
Nuestro objetivo del día es Aveiro, una de las ciudades más turísticas del litoral portugués. Pero antes de llegar aún nos espera un pequeño momento de aventura: en São Jacinto debemos tomar un ferry que, tras un breve trayecto por la ría, nos deja a las afueras de la ciudad.
Entrar en Aveiro en bicicleta es una experiencia que siempre merece la pena. Recorrer sus calles pedaleando permite observar con calma los detalles, el ritmo de la ciudad, la vida cotidiana. De alguna manera te ayuda a imaginar cómo sería vivir allí, aunque solo sea por unos instantes.
Aún tenemos tiempo para instalarnos en un bonito apartamento en el centro histórico y salir a buscar un lugar para cenar. La jornada termina, una vez más, alrededor de una mesa, con una cena memorable en o Tasquinha Da Ria e la que la amabilidad de Francisco es un ejemplo de todo lo que nos encontramos en el pais vecino durante todo el viaje. Tendremos tiempo para repasar los kilómetros del día y las innumerables historias que nos hemos ido encontrando
Finalmente logramos encaminarnos hacia Costa Nova, una pintoresca villa costera famosa por sus inconfundibles casas de madera a rayas, conocidas como palheiros. El lugar tiene algo especial: fachadas de colores vivos, líneas verticales perfectamente alineadas y el Atlántico muy cerca. La mañana está preciosa, así que hacemos lo que cualquier viajero haría en un sitio así: detenernos, pasear un poco, contemplar el lugar con calma y sacar algunas fotografías.
La jornada continúa con mucho sol y una sucesión de carreteras secundarias tranquilas, con muy poco tráfico. Pedalear por aquí resulta agradable y relajado. Hay, sin embargo, una constante que se repite en casi todos los pueblos por los que pasamos: el adoquinado. Bonito a la vista, sí, pero bastante incómodo para rodar. Las ruedas saltan una y otra vez sobre las piedras y el traqueteo se convierte en un acompañante habitual cada vez que atravesamos una localidad.
En contraste, también llama la atención la enorme presencia de carriles bici y la cantidad de bicicletas que vemos en las zonas de playa más turísticas. Portugal demuestra, una vez más, que es un país que convive con la bicicleta con bastante naturalidad.
Cuando llega la hora de comer hacemos parada en Mira, otro de esos lugares conocidos por su playa y por su ambiente veraniego. Tras buscar durante un rato —casi con cierta desesperación— terminamos encontrando un restaurante que resulta ser un pequeño acierto del viaje: O Cantinho do Kinzana
Allí nos damos un buen homenaje gastronómico, porque si algo está quedando claro en este viaje es que Portugal se disfruta también muchísimo en la mesa.
Con tiempo por delante, la comida se alarga entre conversación tranquila y sabores que sorprenden por su sencillez y calidad. A pesar de tratarse de pueblos bastante turísticos, en ningún momento sentimos aglomeraciones ni esa sensación de saturación que a veces aparece en otros destinos. Todo transcurre con calma, como si el viaje avanzara siempre al ritmo adecuado.
La llegada a Figueira da Foz acaba siendo casi un paseo triunfal. Los últimos kilómetros se hacen fáciles y el destino aparece poco a poco ante nosotros. Figueira es una ciudad claramente turística, con grandes playas abiertas al Atlántico, pero nuestro final de etapa no podría ser mejor: un apartamento a pie de playa desde cuya terraza se escucha el sonido del mar.
No hay mejor manera de cerrar el día. Sentarse frente al océano, con los pies en alto, dejando que la tarde vaya cayendo lentamente mientras el cuerpo asimila los kilómetros y la buena comida. Uno de esos momentos sencillos que, sin darte cuenta, terminan convirtiéndose en recuerdos importantes del viaje.
De todos es sabido la magnífica pastelería portuguesa, y qué decir del café que, procedente en gran parte de antiguas colonias, suele ser de una calidad extraordinaria. Nosotros, desde luego, hemos dado buena cuenta de ambos. Los desayunos durante todo el viaje han sido una auténtica fiesta. Sin proponérnoslo, hemos elaborado casi un pequeño catálogo de pastéis de nata, que se han convertido en el ritual imprescindible de cada mañana.
Esta última etapa será la de mayor desnivel del recorrido, aunque en realidad los GPS apenas marcarán unos pírricos 500 metros positivos para 116 kilómetros. Una jornada larga, pero amable.
Los primeros treinta kilómetros, completamente llanos, nos obligan a realizar un gran rodeo para circunvalar el río Mondego. El desvío, sin embargo, merece la pena: nos regala paisajes tranquilos y una entrañable escena en la localidad de Alqueidão, donde conversamos brevemente con un jubilado septuagenario que, montado en su bicicleta, se dirigía al campo para atender sus labores.
Todavía dentro del municipio de Figueira da Foz, hacemos una parada en el bonito pueblo de Marinha das Ondas. Una vez más, la hostelería local vuelve a sorprendernos por su trato cercano y por la deliciosa repostería de la zona. A partir de aquí retomamos el trazado de la EuroVelo 1, que discurre por un carril bici en buen estado, paralelo a la carretera. Avanzamos con rapidez por un terreno suave que se adentra en zonas boscosas y tranquilas, hasta alcanzar Pedrógão, donde una playa inmensa aparece como compañera de ruta. Una espesa bruma cubre el cielo y, en nuestra búsqueda de un avituallamiento para el mediodía, damos con A Taberna do Heider en la Praia de Paredes da Vitória.El lugar nos sorprende por su ambiente tradicional y familiar, y sobre todo por unos bocadillos de carne asada realmente memorables.
Con el estómago lleno retomamos la EuroVelo 1 y seguimos descendiendo hacia Nazaré por el mismo carril bici, que a estas alturas empieza a resultarnos algo monótono. Para romper esa sensación, abandonamos la vía ciclista y entramos en la ciudad por una carretera impecable, con rampas exigentes que nos hacen llegar al pueblo completamente empapados en sudor.
Nazaré nos muestra el Portugal más turístico, aunque con motivos de sobra. Bajamos hasta la Praia do Norte, famosísima por sus olas gigantes, y después paseamos por la zona antigua situada en lo alto del acantilado antes de descender al centro. Aún es temprano, así que tenemos tiempo de instalarnos en un peculiar y cómodo apartamento regentado por una familia asiática y, cómo no, de darnos un baño en el frío Atlántico.
La cena se convierte en otro de esos momentos que quedan grabados en el recuerdo del viaje: un local pequeño y familiar donde, con una atención exquisita, ponen el broche perfecto a la jornada. Con la digestión todavía en plena ebullición salimos a dar un paseo nocturno y, casi por casualidad, terminamos asistiendo a un concierto en la plaza del pueblo.
Las noches de verano de este viaje han sido, sin duda, otro de los lujos que nos ha regalado Portugal.
Nuestra última jornada pertenece a otra historia, aunque las verdaderas protagonistas siguen siendo nuestras bicicletas. Toca desandar el camino recorrido, pero esta vez los GPS permanecerán apagados: será Comboios de Portugal quien nos guíe a lo largo del regreso. No podemos evitar cierto nerviosismo. Para algunos es fundamental cumplir los horarios y llegar a tiempo al trabajo; para otros, la inquietud nace del deseo de comprobar que todo lo planificado funciona como habíamos imaginado.
Madrugamos temprano. Aún seguimos sorprendidos por lo exótico de nuestro alojamiento, aunque también es justo reconocer la profesionalidad con la que estos establecimientos, regentados por familias asiáticas, cuidan cada detalle. Tras recoger nuestras cosas y dejarlo todo listo, iniciamos los ocho kilómetros que separan Nazaré de la estación de Valado de Alcobaça.
Se trata de una estación pequeña, casi secundaria, donde el movimiento es escaso y el silencio domina los andenes. Durante unos minutos nos asaltan las dudas: ¿estaremos en el lugar correcto?, ¿llegará realmente el tren a su hora? Sin embargo, varios locales nos tranquilizan con amabilidad y nos confirman que todo sigue el horario previsto. Con ese margen de tiempo extra aprovechamos para acercarnos al pueblo y disfrutar de nuestro segundo desayuno del día, saboreando un café tranquilo mientras observamos cómo despierta la mañana portuguesa.
A partir de ahí comienza una sucesión casi coreográfica de trenes, andenes y cambios de vía. Cuatrocientos kilómetros repartidos en tres trayectos: Valado de Alcobaça–Coímbra, Coímbra–Porto Campanhã y Porto Campanhã–Caminha. Subir y bajar vagones con las bicicletas, buscar el espacio adecuado para ellas y acomodarnos de nuevo se convierte en una pequeña aventura repetida varias veces a lo largo del día. En cada estación nos sorprende la puntualidad y, sobre todo, el trato cercano del personal. Los billetes nos los entregan acompañados de indicaciones precisas, casi como si quisieran asegurarse de que ningún detalle se nos escape. Nuestras bicicletas, fieles compañeras de ruta, son tratadas con una delicadeza que solo comprendemos quienes las cuidamos kilómetro tras kilómetro. En cuanto al servicio de los trenes, las imágenes hablan por sí solas.
El día avanza entre ventanillas que enmarcan paisajes portugueses: campos verdes, pequeñas aldeas, ríos que aparecen y desaparecen entre las colinas. Compartimos vagón con cicloturistas llegados de distintos rincones de Europa, y pronto surge esa conversación espontánea que solo nace entre quienes viajan sobre dos ruedas. Intercambiamos rutas, anécdotas y recomendaciones mientras el tren devora kilómetros. Una vez más comprobamos el extraordinario maridaje entre la bicicleta y el ferrocarril: uno permite descubrir el territorio con calma; el otro conecta lugares lejanos y abre la puerta a nuevas aventuras.
Viajar en estos trenes, de categorías muy diversas, también nos acerca a la vida cotidiana portuguesa. En los asientos cercanos se cruzan estudiantes, trabajadores que regresan a casa, familias cargadas de bolsas y viajeros solitarios que miran el paisaje con la misma calma con la que pasa el tiempo. Poco a poco uno siente que forma parte de ese ritmo pausado y amable que define tantas escenas del país.
El regreso en tren, lejos de ser un simple trámite, se convierte en un espacio para repasar lo vivido. Entre estación y estación recordamos momentos del viaje, comentamos los paisajes que más nos impresionaron y, casi sin darnos cuenta, empezamos a imaginar nuevas rutas. Porque si algo tienen estos trayectos de vuelta es que nunca son el final de la historia: suelen ser, más bien, el primer borrador de la próxima aventura.
Ficha técnica de la ruta
Etapas y enlaces a sus track
Dificultad técnica: baja
Bicicleta recomendada: Gravel o Btt
Época del año recomendada: Primavera, verano y otoño.




































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