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Día 48. Coronavirus

Hoy ha sido un día maravilloso. He visto gente correriendo, patinando, de paseo, con sus perros, con sus hijos, acompañándolo a sus mayores. Todo el mundo con ganas de respirar aire fresco, con ganas de tomar el sol y buscando el momento de mirar hacia el horizonte y ver un bonito atardecer. Seguramente éramos demasiados pero la, energía que desprendíamos puede iluminar una gran ciudad. Hemos sido ciudadanos respetuosos, hemos acatado ordenanzas municipales y decretos oficiales, sin apenas rechistar. No puedo sentirme más feliz de la actitud de mis conciudadanos y deseo de corazón que nuestro esfuerzo tenga su recompensa. Pero os puedo asegurar que mi cuerpo está lleno de dudas y de agujetas. Y me duelen ambas por igual. 


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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana