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Con las últimas luces de la tarde


Con las últimas luces del día se ve todo de otra manera. Por eso me adentré al caer el día en aquel bonito bosque. Y si que mereció la pena. Un corzo se cruza en mi camino, atraviesa la pista por la que emprendía la subida, y lo hace con la mayor de las tranquilidades. Me da tiempo a verlo, a disfrutar de su presencia, a verle esconderse en la espesura. Ni me detengo, sigo mi camino con una enorme satisfacción. Solamente el chispazo de energía que me hizo sentir ese corzo ya hizo de la salida algo especial. Pequeñas cosas que por lo inusuales nos llenan de alegría y nos hacen soñar con un futuro lleno de vida.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana