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Historias que no necesitan ser contadas.


 Miro por la ventana y no veas la que está cayendo. La lluvia me encierra en mi hogar y ahora veo esa serie de imagenes y como siempre, me imagino la historia que me da la gana. En un día tranquilo esa joven pareja ha tenido el valor de disfrutar de un plácido paseo en esa tortura de bicicletas ciudadanas. Supongo que les habrá importado poco la incomodidad de las ruedas macizas y habrán sabido ignorar esos ruidos y holguras. Seguro que las redes sociales ya se han hecho eco de ese paseo, ese amor o esa conversación.

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Suena bien esa guitarra y la voz desgarrada de esos dos.

¡Vaya día!

Lo veía todo negro. Mi Linda Pulgosa en el taller. Mi querida Lumix dandome la lata. El arroz pegado en el fondo de la satén. Para colmo una de mis dos jarras de cerveza se me hizo añicos( que risa jajaja) y el fondo del fregadero lleno de loza de mi vajilla duralex de la década de los 80. Pero como hay que buscar lo positivo de todas las situaciones, la tarde es soleada y calurosa y eso me permite salir a tomar el aire a la orilla del mar. Me tumbo en el césped y la luz del atardecer acaricia mis pies. Entonces me doy cuenta de que lo negro es blanco y lo blanco es negro. Que lo que apreciaba era simplemente una imagen que había creado en mi cerebro y que con otro filtro, la cosa sería totalmente diferente. Mi mente tenía que ser fuerte y mi corazón tenía que ser sensible.Mi cámara me lo ha confirmado y te lo demostrará si ves el post que he programado para esta noche.

Esos 4 segundos en los que el atardecer es del color que a tí te de la gana