Hay rutas que uno no hace solo con las piernas. Hay rutas que también se recorren con la memoria. Y esta fue exactamente una de esas. Una jornada que empezó mucho antes de dar la primera pedalada. Porque el simple hecho de coger el tren ya te coloca en otra dimensión. Más todavía si lo haces con un buen compañero de viaje, de esos que saben cuándo hablar y cuándo dejar que uno se quede mirando por la ventana mientras desfilan media vida y unos cuantos veranos.
Y por si el día necesitase algún detalle más para arrancar bien, apareció en el vagón una peregrina italiana con la que terminamos compartiendo conversación, risas y ese pequeño momento de comunicación improvisada que, sin saber muy bien por qué, te alegra la jornada desde primera hora.
Veintisiete años. Que se dice pronto.
Veintisiete años desde que aquellos caminos empezaron a formar parte de mi manera de entender la bicicleta, la amistad y también la libertad. Porque volver allí no es simplemente regresar a un lugar. Es volver, de alguna manera, a quien eras. A tus recuerdos. A esa versión de ti mismo que aún sigue escondida entre senderos, playas y acantilados.
Salir de Avilés y encontrarte de frente con el Niemeyer ya te coloca en un escenario lleno de connotaciones especiales. Aquel espacio creado por el arquitecto brasileño tiene algo difícil de explicar. Luz. Amplitud. Magia. Una mezcla extraña entre paisaje industrial, mar abierto y recuerdos que aparecen solos aunque uno no los llame.
Después llega San Juan de Nieva y su faro, siempre vigilando el Cantábrico. Y ahí, casi sin darte cuenta, entras en un maremágnum de senderos que te van llevando por una sucesión de acantilados que probablemente formen una de las costas más brutales y hermosas que tenemos en Asturias.
Antes había quedado atrás toda la zona de San Balandrán y su espectacular embarcadero. Esa parte más áspera, menos fotografiada y seguramente menos conocida, pero que también tiene un encanto enorme. Allí aparece además el impresionante mural de Posch, uno de los artistas gráficos más importantes de la región, poniendo color y personalidad a un entorno que ya de por sí tiene mucha fuerza.
Y luego llega Xagó. Siempre Xagó.
La vista desde la zona de vuelo de parapentes sigue siendo una auténtica preciosidad. Un lugar que forma parte de mi biografía personal mucho más de lo que seguramente imaginaba cuando empecé a frecuentarlo. Sitios donde uno ha sido feliz casi sin darse cuenta.
Seguimos avanzando entre playas, senderos y recuerdos constantes. Hasta que apareció Cabo Negro, silencioso y enigmático, como siempre. Otro de esos lugares importantes para quien escribe. Allí quedaron historias de juventud, aventuras entre ocupas canallas, noches pintorescas y momentos que seguramente hoy ni sabríamos explicar, pero que entonces nos parecían el centro exacto del universo. Sin olvidar aquel momento sobrenatural de la la música de Jedaky
Y aun así, lo mejor del día todavía estaba por llegar.
En un lugar tan poco frecuentado como aquel, le pedimos a una chica que nos hiciese una foto. Bajó del coche y, tras unos segundos de conversación, resulta que era una antigua alumna mía… de hace veintisiete años. Y no solo me recordó, sino que además lo hizo con un cariño enorme y con palabras que cualquier profesor guardaría para siempre. Otro de esos regalos inesperados que a veces te concede la vida cuando menos lo esperas.
Y de ahí, Verdicio. Peligroso Verdicio.
Cuántas veces nos habremos bañado allí. Veinte, doscientas o veinte mil. Con amigos, con mi hijo, en días perfectos y en otros imposibles. Porque Verdicio tiene mucho de todo eso: arena, viento, salitre y esa belleza algo salvaje que Asturias todavía conserva cuando quiere.
Después llegó Cabo Peñas. Y con él, otra avalancha de recuerdos.
Aquellas nocturnas interminables de principios de los 2000 con Los Repechinos, cuando salir en bicicleta de noche nos parecía la idea más moderna del mundo. Horas pedaleando para acabar allí arriba, viendo la luna llena reflejada sobre el mar mientras encadenábamos anécdotas que todavía hoy seguimos recordando. Y cómo olvidar aquellas rutas que terminaban en la mítica taberna de Hank, en Luanco, con una cerveza en las manos y la sensación de que no hacía falta mucho más para ser felices.
Hoy lo piensas y entiendes precisamente eso: éramos felices con muy poco. Y casi siempre con nuestras bicicletas de por medio.
Y finalmente Candás y Gijón pusieron el punto final a una microaventura de apenas seis horas que, sin embargo, pareció contener media vida.
Porque entre pedalada y pedalada también aparecen las personas. Algunas conocidas. Otras simplemente cruzadas en el camino. Y al final uno vuelve a ciertos lugares precisamente por eso. Por la gente que habitó esos paisajes. Por las conversaciones, las risas y las historias compartidas.
La luz de aquel día ayudó muchísimo a todo. Una luz gris, suave, casi melancólica. De esas que Asturias maneja como nadie. Una luz que no necesita grandes épicas ni cielos perfectos. Solo invita a mirar despacio y a recordar.
Y mientras avanzábamos junto al mar, escuchando y contando anécdotas —algunas confesables y otras mejor dejarlas fuera de esta bitácora— pensé varias veces en la suerte que hemos tenido.
La inmensa suerte de haber vivido tantos momentos especiales en estos lugares. Sobre la bicicleta y también lejos de ella. Porque con el tiempo entiendes que ciertos paisajes no son únicamente escenarios. Terminan formando parte de ti. Y quizá lo más importante de todo: ayudan a moldear la persona que eres y la manera que tienes de entender la vida, la amistad y las relaciones humanas.
Y supongo que por eso seguimos volviendo. Aunque pasen los años. Aunque cambien los caminos. Aunque ya no seamos exactamente los mismos.
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Muy buena profe! Cuántos años de bici se van quedando atrás, habrá que rentabilizar muy bien los que vengan por delante. Afortunadamente la experiencia es un grado y sabremos exprimirlos bien.
ResponderEliminarSiempre con unos compañeros ejemplares y con los que se puede ir al fin del mundo. Mil gracias
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